2013-05-18 00:05 Real Madrid Por: Administrador

Atraco bochornoso de Clos Gómez al Madrid (1-2)



Al contrario de lo que esperaron muchos, el encuentro no comenzó de forma fulgurante. No fue caótico y pasional. Todo lo contrario. El respeto por parte de los dos equipos imperó en cinco minutos de tanteo, en los que el Madrid, sobre todo, quiso pulsar el estado de ánimo de su vecino: Si el Atlético hubiera salido a marcar primero, desmelenado, la táctica habría sido aguantar el chaparrón para "picar" a la contra. Si por contra se hubiera mostrado dubitativo, era la ocasión para morder.

Sin embargo, en el equilibrio el Real es evidentemente mejor que el Atlético. Por calidad y futbolistas. Contemporizar no vale contra un conjunto que salió sabiendo que le debía una noche de éxtasis a esa media parte de la grada de su estadio, blanca, impoluta, dispuesta a perdonar y hasta jalear el esfuerzo tras la noche aciaga del Dortmund. Por eso, a los diez minutos ya observamos un dominio territorial claro de los blancos. De momento, el fútbol se imponía. Sin zarpazos, pero con la seguridad de mantenerse por delante en el guión.



Cristiano Ronaldo ahorró esfuerzos imaginativos y búsquedas de huecos. En el 13' cabeceó de forma impecable e imperial un córner. Un gol limpio, hasta diríamos, sencillo. Escrito en la escaleta. Todo estaba en orden. Esperamos entonces una reacción virulenta del Atlético y a un Madrid listo, relamiéndose por la invitación de su rival a jugar como más le gusta y mejor sabe: Al contragolpe, aprovechando a Cristiano, Özil y Benzema.

Sin embargo, el error, y éste, colegiados aparte fue del Madrid y sólo del Madrid, consistió en pensar en el pasado. En repasar la hemeroteca. Probablemente el equipo se vio por delante de forma tan fácil y familiar que pensó que nada sucedería para perder su ventaja. Que todo seguiría igual por más que hicieran los de enfrente. No reparó en que este derbi, el primero en casi 30 desde la última derrota merengue, era una final. Y a los rivales en las finales no hay que dejarles vivir.

Entonces pasamos de querer contragolpear a sestear. Y en ese escenario, el Atlético se hizo grande. Y lo peor de todo: Se dio cuenta, más entonces que nunca antes el el partido, de que había un señor en el Bernabéu dispuesto a permitir todo contacto siempre que una camiseta blanca saliese victoriosa del envite. Y si propiciaba una falta al borde del área del Madrid, mejor. En estas, las faltas laterales y los córners se convirtieron en la película permanente.



En el 35', Falcao logró revolverse entre varias casacas blancas y filtró un pase, buen pase, a Diego Costa, que encaró y chutó cruzado, ajustado al poste. Nada pudo hacer Diego López. El empate fue una conversación de los múltiples avisos anteriores. Tan hipócrita sería no reconocer que el Madrid concedió demasiado tras el gol como denunciar la táctica rojiblanca: Patadas y patadas, juego duro a mansalva. Con empate llegamos al descanso.

El segundo tiempo se fue cociendo como una película de terror que se desató en la prórroga. Filipe Luis realizó dos cabalgadas por la izquierda que hicieron temblar los cimientos de Diego López y, en general, el Atlético se echó arriba. Confiando más en sí mismo, consciente de que el momento psicológico y el árbitro le eran favorables. El viento soplaba a favor. La cosa consistía en ganar a su forma o perder como siempre, total, qué mas daba.

Aun así, la mala suerte, como toda la temporada, hizo acto de presencia. Cristiano Ronaldo estrelló un balón en el poste en un lanzamiento de falta. De nuevo el palo, Courtuois y Juanfran sacaron bajo la portería tres disparos, dos de Özil y uno de Higuaín, de nuevo errático en su salida al campo, y en general, el Real Madrid pudo y debió ganar aún jugando mal. Aun cayendo en el juego de ida y vuelta y en los pelotazos propuestos por su rival.

En el 9' del primer tiempo de la prórroga, en un centro más al área, uno de los millones permitidos por arte del colegiado o de la desidia blanca, Miranda se adelantó a Diego López en el primer palo y confirmó el desastre. Antes, Clos había tenido su minuto de gloria, expulsando a Mourinho por protestar de la misma forma que protesta cada entrenador en cada campo de Primera División, cada fin de semana. Pero claro, era Mourinho. Y era Clos, el juez de los trece errores. El juez que se la tenía guardada. El juez que, si el Madrid fuese listo y supiese imponerse ante los estamentos, jamás debería volver a arbitrar al equipo blanco por petición oficial. Como jamás debería olvidarse el mayor escándalo del partido, consistente en expulsar a Cristiano por una falta de Gabi al luso. ¿Qué qué hizo el portugués? Nada. Simplemente, a Clos se le ocurrió que quizá había intentado revolverse desde el suelo, algo que sólo vio él. Quizá con eso propició tánganas e incidentes lamentables en la grada, nada justificables, pero provocados por alguien que no sabe hacer su trabajo.

El Madrid se marcha herido en su orgullo. Triste. Pero en el dolor siempre se encuentra consuelo. Y la esperanza de que los continuos episodios de desgracia se transformen en un grito de rabia la próxima temporada. Porque el Madrid nunca muere. Y menos cuando se pierde así. 


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