2011-04-25 22:04 Real Madrid Por: Administrador

Cristiano Ronaldo, a comerse a los culés y a por la Décima



El tanto ganador en la prórroga de la final de la Copa del Rey del pasado miércoles ante el Barcelona redimió al astro portugués, sobre el que empezaba a pesar en exceso el talante gris que ofrecía en los momentos grandes. El fichaje más caro de la historia del Real Madrid encontraba, por fin, su primer argumento. Su primera justificación.

Cuatro días antes, no obstante, el luso había entreabierto el final del maleficio en el clásico liguero. Solía dársele mal los duelos contra el Barcelona. Maniatado por la presión se tomaba cada partido ante el conjunto azulgrana como una cuenta personal. En exceso. Una carga emocional añadida que corría en su cuenta. Salía malparado en lo individual y con su equipo.



Ese partido en el Santiago Bernabeu enterró definitivamente las opciones ligueras del bloque de José Mourinho. Pero lejos de revitalizar el talante de su tradicional adversario, empezó a reanimar el espíritu blanco. La conquista copera empezó ahí. También la resurrección de Cristiano Ronaldo.

Nunca el luso había logrado marcar ante el Barcelona. Era un lastre que crecía una y otra vez. Ni con el Manchester United ni con el Real Madrid, Ronaldo, goleador donde los haya, había sido capaz de perforar la portería barcelonista.

El penalti en el tramo final del choque liguero giró la dinámica. La del bloque y la del atacante. El siete blanco agarró el balón y lo dispuso en el punto de los once metros. Esa distancia, tan fiel con el futbolista de Portugal, no suponía ninguna garantía.



En la mente de muchos corrió un recuerdo. Una retrospectiva que ahondaba aún más sobre las miserias del hombre de Funchal. Ese tiro que marró con el Manchester United en el Camp Nou. En la semifinal del año 2007-08, en la que el mundo se le vino encima.

Fue un gran año al final. El cuadro de Alex Ferguson, sin embargo, eliminó al Barcelona de aquella semifinal y conquistó el título en el duelo ante el Chelsea, en el estadio Olímpico Luzhniki de Moscú. Cristiano Ronaldo anotó el tanto de su equipo, que empató a un gol. Frank Lampard firmó el del conjunto londinense. El título se resolvió en los lanzamientos de penalti. Y el United logró la Copa. Aunque el portugués falló el suyo de la tanda.

Pero en esta ocasión no fue así. No falló. Marcó en el Bernabéu. Empató. Y evitó una nueva derrota madridista ante el Barcelona. Se quitó de en medio el maleficio. Ya había logrado anotar en el clásico.

Algo había empezado a cambiar. Por primera vez desde que Pep Guardiola es entrenador azulgrana su equipo no había salido victorioso ante el Real Madrid. El bloque de Mourinho y su afición lo asumió como un triunfo. No sin razón.

La final de la Copa del Rey derribó los fantasmas que acuciaban al luso. Mestalla disipó las dudas. Y deshizo las lanzas preparadas que hasta el minuto 102 apuntaban al portugués, otra vez sospechoso de mostrar un tono oscuro en las grandes citas.

Suele estar Ronaldo al margen del trabajo que ocupa al equipo. Distanciado de la presión, pierde energías en peleas contra el viento, en protestas, en lamentos. Mientras todos sus compañeros se ofuscan en recuperar la posición, en buscar la pelota. Ya el Bernabeu, en ocasiones como esas, le ha delatado. No lo perdona, un público acostumbrado a que cada uno de sus hombres se deje el alma en cada carrera.

Era la Copa una misión imposible ante el mejor equipo del mundo. Pero el Madrid, mantenía el tipo. Especialmente en la segunda mitad, cuando el Barcelona del astro Leo Messi aceleró el paso y manejó el balón como solo él sabe hacerlo. Los jugadores blancos miraban cada acción rival centrados solo en tapar huecos, en frenar la avalancha.

Fue en una de estas cuando Ronaldo gritó al cielo tras una acción y se desentendió de la labor de equipo. No lo pasó por alto esta vez Mourinho, que le abroncó sin disimulo por no bajar a defender.

Ronaldo tomó nota. Se agigantó en el tramo final. Pudo sentenciar el Madrid antes del tiempo añadido. Pero se dejó para la prórroga lo mejor.

A sus portentosas condiciones físicas añadió el combustible de la reserva. Intacta en su caso. La velocidad. Que le sirvió para estar en el momento justo y en el lugar adecuado al centro del argentino Ángel Di María. Marcó y su gol supuso el título. De villano a héroe. La gloria fue para él y no para Messi, el hombre que hasta ahora le tenía ofuscado.

Talento contra talento, de nuevo, el miércoles en el Bernabéu en la ida de la semifinal de la Liga de Campeones. EFE


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