2013-04-10 00:04 Real Madrid Por: Administrador

El infierno turco sólo duró dieciséis minutos (3-2)



Si nos hubieran dicho en el descanso lo que iba a suceder en la segunda parte, pocos lo habrían creído posible. No por el ímpetu del Galatasaray; Ni siquiera por su calidad, pero sí por el serio primer tiempo que completó el equipo de Mourinho. Parecía que el mensaje del entrenador de no relajarse ni después de un 3-0 a favor en la ida había calado hondo en los suyos, que firmaron 45 minutos de excelente trabajo de control en el envite inicial. Después, llegaría la vorágine. El éxtasis. El infierno.

Escaso. Corto. Pero infierno, al fin y al cabo. El mérito del Galatasaray en este partido fue lograr que se nos hiciera una pequeña bola en la garganta durante algunos minutos. Pensar en lo peor, aunque sólo fuera por un segundo. Sobre todo porque conseguir ese escenario tras un gol en contra y tres más traídos desde España dejaba escasísimo margen para los milagros.



Al Ali Sami Yen se le apagó el rugido inicial a los siete minutos, cuando Cristiano Ronaldo perforó la portería de Muslera en una jugada eléctrica después de un córner. Özil vio el espacio con la defensa turca saliendo de su área y prolongó a Khedira, que ejecutó un pase potente sobre el portugués. Cristiano sólo tuvo que poner la bota, adelantándose a toda la defensa.

Al igual que en la ida, el Galatasaray se había quedado en la puesta en escena antes de los diez minutos. Muy predispuesto a jugar como quiere, pero topándose con la realidad de tener en frente a un conjunto más armado y que no se dejó llevar por las apariencias. No en el primer tiempo. El Real Madrid cerró a cal y canto todas las vías de pase interior tras el gol y el Galatasaray lo acusó. Los blancos dominaron a placer el centro del campo por mediación de un Luka Modric que marca siempre perfectamente el estado de gracia del equipo. Si tiene mucho el balón, es que el Madrid carbura. Si apenas le vemos, el termómetro empieza a subir décimas hasta rozar la fiebre.

Sin noticias del Galatasaray en ataque, apenas un lanzamiento lejano de Sneijder, terminó el primer periodo. No sabemos qué le dijo Fatih Terim a los suyos durante el intermedio, pero debió ser hipnotizante, porque la segunda mitad fue otra historia. La carga de los Jenízaros. Probablemente ni el Madrid lo esperaba, algo que aunque podría explicar la planicie, no justifica su serio lapsus de concentración. 



Todo empezó con una entrada por banda izquierda. Sneijder apuró hasta el fondo y la puso atrás, como manda el manual. Eboué llegó en modo estampida y le pegó con el exterior, casi de puntera. El todo o la nada. Diego López hizo la estatua ante el misil, que reventó su escuadra derecha. El estadio explotó de júbilo sin saber aún no que venía después. A los cuatro minutos del empate, Sneijder falló un remate casi a puerta vacía. El error había llegado por parte de un Varane al que, si algo le falta todavía, es no complicarse en determinadas jugadas por querer sacar siempre el balón jugado.

Ese error minó su moral e hizo que Drogba se convirtiera en un problema aún mayor en el partido. El costamarfileño pasó de grande a gigante y empezó a dominar todos los balones por alto en la frontal del área madridista. Acompañado de un Amrabat eléctrico, puso en jaque a una defensa que se resquebrajó por momentos. En esos minutos de caos, Sneijder se hizo un autopase delante de Varane con un control de los que evidencian tablas y definió por bajo. No hubo tiempo para taponar la vía de agua, porque dos minutos después, Drogba hizo de tacón delante del galo el sorprendente y amenazante 3-1.

Por fortuna, el Madrid logró parar la tromba y volvió a agarrar el esférico. Mourinho lo vio claro y quitó a Higuaín y Özil, fundidos, para meter a Albiol y a Benzema. Modric apareció después de 20 minutos de sombras y, poco a poco, esa euforia fue menguando. Arbeloa vio la roja por doble amonestación express casi en la prolongación y entre falta y falta, el partido murió. La última jugada aún dio para que un balón largo fuera rebañado por Benzema, que puso el cuero en el punto de penalti. Cristiano certificó el 3-2 y la clasificación. Pero cuidado, que el aviso ha sido serio.


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