2014-10-25 17:10 FC Barcelona Por: Administrador

El Madrid necesita el comodín del penalti para remontarle al Barça (3-1)



Joan Tubau

No podía empezar mejor el clásico para el Barcelona. 0-1 en el minuto 3. Un cambio de juego desde la derecha de Suárez que encuentra a Neymar, que supera a Carvajal y a Pepe y lanza un potente  y colocado disparo que sorprende a Casillas por bajo. Gol del Barça, gol de Neymar, el dolor de muelas de Florentino Pérez. Tuvo que ser él quien silenciara los gritos ofensivos que vomitaba el Bernabéu desde la grada desde los 30 segundos de partido.



El Barça ha tomado el mando del partido con sus armas, fútbol de control y posesión, obligando al Real Madrid a adoptar más precauciones de las habituales para evitar el 0-2. Y el equipo de Ancelotti ha jugado a ráfagas, en avalanchas. Benzema envió un balón al poste y el rechace a las nubes. Una ocasión clara que ha cogido desprevenida a la zaga blaugrana. Pero este Madrid no era el de las goleadas. Le tenía demasiado respeto al Barça.

Y tenía sus motivos. En el minuto 21 Casillas desvió a córner un disparo envenenado de Messi y luego salvaba un remate del argentino aprovechando un centro de un Luis Suárez, al que no se le ha notado falto de actividad y, por supuesto, no ha dejado ninguna evidencia de que esté gordo como aseguraban los medios madridistas de la capital.

El Barça anestesiaba el partido y aburría al personal, pero cuando llegaban Neymar, Messi y Suárez sembraban el pánico. Y entre tanto, tres tarjetas a Neymar, Messi e Iniesta, los jugadores más "sanguinarios" del Barça por juego duro. El colegiado Gil Manzano ha realizado una labor muy sibilina en esta primera mitad. Cuatro tarjetas para el Barça, ninguna para el Real Madrid. Ha pasado por alto un placaje de James a Mathieu, una simulación descarada de penalti de Cristiano Ronaldo, una agresión de Carvajal a Neymar (en la siguiente jugada la vio el brasileño). No vio un agarrón de Piqué a Benzema fuera del área, pero tampoco quiso saber nada del flagrante placaje de Marcelo a Neymar dentro del área. Luego hubo una agresión de Kroos a Messi. Y  un manotazo en la cara de Modric a Busquets. Y un patadón de Cristiano sobre Alves sin balón... Nada, el árbitro sólo tenía ojos para castigar al Barça.



La cuestión es que Casillas evitó el 0-2 y cuando se mascaba una tragedia para el Real Madrid apareció Piqué para forzar un penalti absurdo que daría la igualada al Real Madrid. Ahí se acabó el partido para el Barça. Luego llegaron los goles de Pepe, a balón parado, y Benzema aprovechando una pifia enorme de un Iniesta que pierde gas. Ese penalti absurdo de un Piqué que pide a gritos un descanso prolongado para aclarar sus ideas, dio paso al Real Madrid letal, que jugó a sus anchas ante un Barça nulo en el juego colectivo que lo fió todo a sus individualidades. Y las individualidades no funcionaron esta vez. 

Messi, desaparecido en combate. El barcelonismo esperaba que enmudeciera al Bernabéu con dos goles de récord, pero no estaba hoy para récords, fue el Messi del pasado año. Neymar hacía la guerra por su cuenta sin ningún beneficio para el juego de equipo. Suárez, en la hora que estuvo en juego, fue quien más idea mostró para  encarar el gol. Pero el Barça perdió víctima de sus propios errores. Iniesta salió lesionado, pero mientras estuvo en el campo no hizo más que confirmar el declive en el que se encuentra. Xavi no fue el director que el equipo necesitaba y las soluciones de Pedro, Sergi Roberto y Rakitic no fueron el revulsivo esperado.

El Madrid acabó defendiendo el resultado, levantando olés de su afición y tratando de buscar el cuarto en el contragolpe. No llegó. Lo mejor para el Barça, el resultado. Pudo ser una catástrofe, pero el Real Madrid estratosférico no supo apuntillarlo. Y de no mediar el penalti, queda por ver si hubiera sido capaz de superar al Barcelona. Es una batalla perdida en una guerra que sigue liderada por el Barça. No se trata de quemar las naves por el primer tropiezo en esta Liga, pero lo cierto es que este Barça de Luis Enrique ha dejado muchas dudas.

Es cierto que el árbitro se comió un penalti a Neymar y que persiguió con las tarjetas a los barcelonistas haciendo la vista gorda con los madridistas. Cavajal no debió acabar el partido. Y Cristiano Ronaldo, que no fue amonestado por simular vergonzosamente un penalti, debió ser expulsado por una agresión sin balón que el árbitro sólo castigó con tarjeta amarilla. Queda claro que la táctica de llorar y llorar funciona.

 


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