2011-08-16 09:08 FC Barcelona Por: Administrador

La cara oculta de Laporta. Capítulo 15



La venta de Can Rigalt

Joan Poquí, de Mundo Deportivo, descubría  el 28 de agosto de 2005 las dificultades que habían surgido en la búsqueda de un nuevo directivo: “La dimisión de Alejandro Echevarría ha dejado un hueco en la directiva que es urgente rellenar. La directiva barcelonista considera que los estatutos del club no establecen un período para completar ese cupo de catorce y se lo toma con calma”. No sería la primera ni la última vez que la directiva se tomaba con calma el redactado de los estatutos y que los leía según su conveniencia. De hecho, se vendió un tercio del patrimonio de Can Rigalt con una junta con 11 directivos, dos menos de lo que marcan los estatutos. ¿Fue esa una venta ilegal e impugnable? Seguramente, y la prueba es que esa transacción se firmó de nuevo, por segunda vez, cuando el quorum de directivos se ajustaba ya a lo exigido por los estatutos. Con Laporta, ya se sabe, los estatutos estaban para cumplirse sólo cuando a él le interesaba.  



Los estatutos de Vilaseca

Debía resultarle muy triste a Joan Laporta tener que despotricar contra los estatutos redactados en 2001 por un equipo de juristas “sabios” agrupados en la Comisión Siglo XXI y presididos por Josep Lluís Vilaseca, padre de un directivo en activo con Laporta en aquel momento, también abogado y próximo a la doctrina de Armand Carabén. Cuando en 2001 Gaspart, el presidente de los cien directivos en cuyo Barça cabían todos, se decidió a cambiar los estatutos, a todo el mundo le pareció bien. Y, una vez redactados, nadie advirtió de la ambigüedad de un artículo o de la inoportunidad de otro. Todos los sectores del barcelonismo, empezando por Josep Lluís Vilaseca, entendieron que estaban ante unos estatutos inmejorables. Ni siquiera Laporta se quejó, que ya es mucho decir. Pero en este momento hasta el propio hijo de Vilaseca los cuestionaba porque su redactado no encajaba con los caprichos de su jefe. Y todo porque un artículo no le gustaba. Es como si a Rodríguez Zapatero le diera por modificar la constitución cada vez que un artículo de la misma le impidiera hacer lo que le viene en gana. O como si decidiera ampliar su mandato y retrasar la fecha de las elecciones porque España va bien y necesita más tiempo para acabar su proyecto. ¡Qué contrasentido¡ Hay que reformar unos estatutos recientes con la firma de Josep Lluís Vilaseca y la intervención directa de Magda Oranich, que acabaría siendo directiva. ¿En qué estarían pensando cuando los firmaron? Pero lo más cómico es que en seis años de mandato no movió un dedo para modificarlos. Sólo cuando vio su final próximo se decidió a aportar su toque. La fecha de las elecciones de 2006 acabó desquiciándole.

“Me quieren ver metido en problemas”



El 9 de septiembre se lamentaba Laporta en El Periódico de que “hay gente que me quiere ver metido en problemas”. Si eso hubiera sido cierto, esa gente se lo debió pasar de maravilla porque no salía de una y se metía en otra él solito, sin ayuda. No hacía falta querer verle metido en problemas. Se le veía.

Presidente de moda

Informaba La Vanguardia el 20 de septiembre de 2005: “El Camp Nou prestó anoche sus mejores galas para acoger el desfile del diseñador Dirk Bikkemberg. Joan Laporta ejerció de anfitrión”. El presidente estaba en todo. O en casi todo, porque algo le impidió ejercer de anfitrión en el partido disputado poco antes por la selección catalana en las instalaciones del club, un acontecimiento que debió considerar menor. Intervinieron en el desfile como modelos un grupo de jóvenes de 17 años del Barça B juvenil. Era una manera de rentabilizar el gasto que generaba el fútbol base.

Su orden de prioridades

  Sabedor de que en el Palau Blaugrana, su casa, no era bien recibido, Joan Laporta, el presidente del más que un club, optó por no acudir al estreno del equipo de baloncesto en la Euroliga 2005-06. Tampoco asistió al entierro de Enric Gensana, una vieja y recordada gloria blaugrana de los años cincuenta. Ese tipo de obligaciones no debían estar incluidas en lo que él entendía como actos de asistencia obligada. Gensana no jugó en su Barça ni en el Dream Team. No valía la pena, pues, perder el tiempo con él. A esa hora tenía algo más importante que hacer: presenciar desde la tribuna de personalidades el pleno que aprobó l´ Estatut en el Parlament. Esa foto valía más que acompañar a Gensana en su último adiós. Y luego iba diciendo que no hacía política, que lo suyo era hacer país y que “Primer el Barça“. Él y el Barça apoyaron el nuevo Estatut y tomaron partido por una opción política con la que no estaban de acuerdo todos los catalanes. ¿Era o no era hacer política? ¿Y los socios del Barça votantes de Esquerrra Republicana y del Partido Popular, formaciones políticas contrarias al redactado del Estatut, cómo se lo debían de tomar? ¿Era éste un Barça de todos o sólo el de los que pensaban como Laporta? ¿Consultó a alguien Laporta la postura que debía adoptar el club, al Consell de Notables o al Senado, por ejemplo? ¿O no hacía falta, porque Laporta ya velaba, cual mesías, por el bien de los barcelonistas y sabía lo que más les convenía? ¿Primer el Barça o primer lo que yo quiera? La presencia del president del Barça era más necesaria acompañando a Gensana en su último adiós que chupando cámara como espectador en el Parlament.  

¿Presidente infeliz o mártir?

El 14 de septiembre de 2005 Xavi Bosch se preocupaba en Mundo Deportivo por la felicidad del presidente. “La semana pasada Laporta les contó a unos chicos que quieren ser dirigentes deportivos que él “no es presidente del Barça para ser feliz, sino para hacer felices a los socios”. Aplaudo la segunda parte de la afirmación, pero me preocupa la primera. ¿Estamos ante un nuevo presidente mártir? ¿Por qué se sacrifica tanto por nosotros? ¿Le escogimos como presidente y en realidad es nuestro redentor? (…) ¿El presidente no puede ser feliz? ¿Qué se lo impide? ¿No le compensa, al presidente, tanto sacrificio altruista?”. “Cuando saca la tensión en público, en contadísimas ocasiones, sucede lo de los pantalones en el aeropuerto para proclamar, luego, que la reacción con él ha sido desmesurada y encarnizada porque hay gente, y así lo dice, que le tiene ganas. Como las que él le tenía a Núñez o a Gaspart. Queremos tanto al Barça que genera este tipo de pasiones y de manías tan radicales como estúpidas. Que goce Laporta y que no sacrifique, por los socios, los mejores años de su vida. Que disfrute del momento sabiendo que ya le quiere la gran mayoría de culés. Pero pretender gustar a todo el mundo y que te adulen por unanimidad es imposible y, además, genera infelicidad”. Esa obsesiva manía por la unanimidad en torno a su persona y su gestión acabaría perdiéndole. 

“Se merece disfrutar”

Casi un año más tarde, el 12 de mayo de 2006, a las puertas de la final de París, Lluís Mascaró respondía al artículo de Xavi Bosch rindiendo su tradicional pleitesía al presidente blaugrana: “Laporta se merece disfrutar” titulaba. Y como, al parecer, acostumbraba a mantenerse en un segundo plano cuando tocaba gloria, ahí estaba Mascaró para hacerle a sus méritos la justicia que merecían: “El gran artífice de este Barça campeón es Laporta. Así de claro. Los jugadores se llevan el protagonismo y Rijkaard, los elogios. Pero quien ha luchado durante muchos años para recuperar el prestigio deportivo e institucional del club –primero en las trincheras de la oposición, más tarde como candidato y finalmente en la dirección de la entidad– ha sido este presidente que ha conseguido devolver la ilusión a todo el barcelonismo. Durante estos días previos a la gran final de la Champions se escribirán muchas cosas sobre el equipo, los técnicos, la historia y la afición, pero Laporta y su junta directiva quedarán –por voluntad propia– en un discreto segundo plano. Como ya hicieron en las gigantescas celebraciones por los dos títulos de Liga consecutivos. Ellos están aquí para dedicar los mejores años de su vida al Barça, sin esperar nada a cambio. Y tan sólo por eso ya se merecen el respeto y el cariño de los culés”. ¿Nada a cambio? Unas pocas entradillas para París y Roma, barra libre en el Drolma para saborear los mejores y más caros manjares de Barcelona, viajes de placer por medio mundo, contactos y relaciones con gente importante e influyente de cara a negocios presentes y futuros, puertas abiertas en acontecimientos, fiestas y pesebres de diverso pelaje… Pequeños privilegios de nuevo rico como el de darse el gustazo de moverse por Europa con un jet privado o disponer de un lujoso Audi cedido por la marca alemana al presidente del FC Barcelona. Se lo había ganado después de seis años de lucha en las “trincheras de la oposición”. Tanta energía derrochada remando en dirección contraria merecía ahora su premio. Claro. Y con chófer incluido. “Laporta tiene derecho a disfrutar de este momento de gloria. Se gane o se pierda en París, el proyecto que él ha iniciado no tiene marcha atrás. El futuro, se mire como se mire, es blaugrana”. Desgraciadamente existía un punto de vista, el real, que cuestionaba los excitados argumentos de Mascaró. El futuro no era blaugrana. Ese proyecto ya no tenía futuro. Esa obra se derrumbó como un castillo de naipes porque quien merecía disfrutar disfrutó más de lo debido y no supo sacarle el máximo rendimiento a la plantilla apuntalando el futuro. Le perdió la maldita autocomplacencia. Se cayó en el desgobierno, también llamado autogestión, y se truncó la trayectoria de este equipo que tenía que hacer historia. Fue necesaria una moción de censura y la aparición de Guardiola –el "inexperto" cuando viajaba en la candidatura de Bassat- para enderezar una situación caótica. “Laporta debe saber que sigue contando con el apoyo mayoritario de los socios que le votaron de forma masiva hace tres años. Y también de todos aquellos que hemos podido comprobar cómo su sueño de construir un Barça más grande, más abierto y más democrático se ha hecho realidad”. Y si no lo sabía, Mascaró se encargó de que lo supiera. Qué poco podía imaginar que en apenas dos años ese futuro esplendoroso dibujado por el periodista de Sport se traduciría en un rechazo mayoritario de los socios hacia su presidente, que acabó yéndose del club sabiendo que no gustaba a la gran mayoría de los socios.

Amenazas a ex colaboradores
Joan Vehils lanzaba otra de sus inquietantes adivinanzas en Sport el 25 de septiembre de 2005: “¿Qué ex colaborador de la actual junta directiva del Barça ha sido amenazado con perder su actual trabajo si seguía hablando mal del club en diversas emisoras de radio?”. ¿Hasta ese punto llegaba la tolerancia y el espíritu democrático de esta junta directiva? Por supuesto, nos quedamos con la duda sobre la identidad del amenazado y del amenazador, aunque no es difícil imaginarlo.

Laporta, grito subversivo

El 29 de septiembre de 2005, en Mundo Deportivo, Enric Bañeres le daba un toque al presidente bajo el título “Laporta´ subversivo”. “Un socio de Gol Norte envió un mensaje a RAC1 denunciando que por gritar “¡Que anime Laporta!” en el Camp Nou, la policía le prohibió que volviera a mencionar ese apellido. Después de ver los cacheos de la policía, que maneja listas elaboradas de forma arbitraria por el club, sólo faltaba saber que “Laporta” es un grito subversivo en un estadio que en las peores épocas de la dictadura fue un clamor por las libertades. Sorprende que quienes combatieron con saña a otras directivas, sin reparar en el grave daño causado a la convivencia en el club, ahora hagan una lista de palabras prohibidas. Más extraño resulta en quienes para derribar “el régimen anterior no dudaban en calificar al presidente elegido en las urnas de “Bokassa”, “Pinochet”, “Hitler”, “Caudillo” e insultos parecidos, en entrevistas realizadas en ocasiones por el jefe de comunicación del club”. 

Cree que no merece réplica

Interesante apreciación de Ramón Besa en El País el 13 de octubre de 2005: “Al consejo le cuesta tanto someterse a cualquier control que a veces da la sensación de que le sobran los socios o, cuando menos, lo inoportunan (…) Le cuesta a la directiva explicarse porque entiende que su actuación es tan impecable que no merece réplica”. Aunque no lo dijera Ramon Besa, a eso se le podía llamar perfectamente soberbia. “Haber reflotado el club no le da derecho a la impunidad. En el Barça no vale el “proceda, Morales” de otros tiempos”.  Eran tan maravillosos que sólo los enemigos del Barça podían encontrarle defectos a su extraordinaria gestión.  

Se siente acosado

Por eso El País reflejaba el sentir de la junta: “Laporta se siente acosado (…) la directiva del Barça se siente víctima de una campaña de erosión”. Un par de tertulias con participantes críticos y alguna afilada interpretación de algún articulista aislado alentaban el estado paranoico de una junta que veía fantasmas por todas partes, pero que no sufría el acoso de ningún grupo organizado. Ni siquiera Sandro Rosell saltó al ruedo, y no precisamente por falta de argumentos. Que los Majós, Minguellas o Castells acudieran a los platós a expresar opiniones diferentes a las marcadas por el pensamiento único del aparato propagandístico no significaba que estuviéramos ante un contubernio maléfico y sí era más bien una muestra de higiene democrática. A fin de cuentas no hacían nada que antes no hubiera llevado a la práctica con bastante más virulencia el propio Laporta y sus amigos del Elefant Blau, el dimitido Jordi Moix entre ellos.

Mañana, capítulo 16

Reunión con Ronaldinho en su casa de Sant Cugat / Sport también le cuestiona  / Crisis Echevarría / Mascaró: el portavoz mediático / Las gamberradas de otros / Cuatro actos diarios / Incidentes en TV3  / Encuestas internas contrarias / Reunión en La Jonquera: más parientes que directivos / Jonquerenc de honor

 

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