2011-08-04 09:08 FC Barcelona Por: Administrador

La cara oculta de Laporta. Capítulo 3



El socio no ejerce de propietario

El 7 de junio de 2003 aseguraba Joan Laporta en La Vanguardia que  “nosotros garantizamos que el socio seguirá siendo el propietario de la entidad”. Si hubiera sido cierto que la propiedad del club quedaría en manos de los socios, éstos habrían sido consultados antes de adoptar determinaciones trascendentes, como la venta de patrimonio en Can Rigalt, el acuerdo con UNICEF o el “pelotazo” del Miniestadi y la remodelación del Camp Nou, y nunca se hubiera producido el humillante reparto de las entradas de París y Roma, en el que los derechos de los propietarios quedaron pisoteados por los compromisos de unos pocos cuya única virtud era pertenecer al entorno de directivos o jugadores. A un propietario se le suele consultar cuando se pretende vender sus propiedades, ampliarlas o remodelarlas. O se le avisa si se le va a quitar algo. Ese no fue el caso del Barça de Laporta, el que iba a acabar con las prebendas y el que iba a garantizar la propiedad del socio. Luego acusaría a los demás de hipócritas y embaucadores. 



El socio no elige a sus administradores

Y añadía aquel eufórico Laporta, todavía candidato a la presidencia: ”El patrimonio del club estará administrado por las personas que los socios elijan”. Por eso Laporta presentó su candidatura para ser elegida por los socios sin la presencia de su cuñado, Alejandro Echevarría, a quien incorporaría meses más tarde de tapadillo en una polémica asamblea sin pasar por la aprobación democrática de las urnas. Y, eso sí, podía presumir y presumía de tener “el mejor equipo” de directivos. En apenas unos meses se pudo comprobar que ese equipo estaba construido sobre una base muy frágil, la que confundía la gratitud al presidente con la lealtad hacia el club. El mejor equipo se deshizo y cuatro señores que fueron elegidos democráticamente para administrar el club tuvieron que abandonarlo para que entraran otros. Una nueva mentira. Luego se irían dos más y unos años más tarde abandonarían otros nueve para ser sustituidos por nuevos administradores no elegidos por los socios. Más embaucamientos. 

Un Consell de Notables inútil



Informaba Mundo Deportivo: “Laporta presentó el Consell de Notables, que se reunirá en junio y Navidad, será presidido por Raimon Carrasco y estará formado por 12 miembros relevantes de la historia del club y la sociedad catalana. La misión, según Carrasco, es “aconsejar al presidente para que mantenga el rumbo”. El Consell de Notables fue una burda pantalla que ni se reunió ni sirvió para tapar decisiones unilaterales del presidente, como el caso de la reclamación de las medallas ofrecidas por la junta de Montal al general Franco. Lo estrambótico del caso es que Raimon Carrasco, cuyo padre, Carrasco i Formiguera, fue asesinado por el franquismo, aceptara el juego de presidir un Consell que se limitaba a opinar lo que fuera más conveniente para que luego el presidente hiciera lo que le viniera en gana. Por cierto, se refería la noticia a “12 miembros relevantes de la historia del club y la sociedad catalana”. A la hora de la verdad se trató de 12 amigos del presidente dispuestos a hacer palmas en cuanto fuera requerida su actuación. En ese grupo estaba el actor Pep Munné, socio de nuevo cuño y antiguo compañero de correrías del Elefant Blau. De cualquier forma, este órgano apenas tuvo opción para aconsejar a lo largo de los dos mandatos de quien ya lo sabía todo antes de llegar y se permitía dar lecciones a los demás con el ya popular “que n´aprenguin”...

Sobre el particular Sergi Pàmies reflexionaba en El País el 23 de septiembre de 2003: “La elección de los miembros de este consejo apunta excesivas complicidades y excluye partes del plural pastel barcelonista. Pintores, músicos, historiadores, actores, profesores de literatura, todos reputados en sus profesiones, suman voluntades y matices sí, pero en una dirección similar. Ámbitos importantes del barcelonismo quedan al margen del consejo y a primera vista sus componentes se parecen demasiado entre sí (…) En estos primeros meses de laportismo se repiten parecidos vicios del nuñismo. Sectarismo y susceptibilidad con según qué medios y opiniones, deseo de crear una única voz interpretativa, mutación de promesas electorales, opinable ejercicio de la transparencia y cierta dificultad para admitir que las críticas, incluso las mas injustas, deben de ser rebatidas con serenidad (…) La asesoría tiene el sentido de aportar puntos de vistas alejados de la línea oficial que completen y maticen el credo institucional. Que la abrumadora mayoría sea de la misma cuerda facilita la cohesión aunque, a la larga, empequeñece el horizonte”. 

Nulo conocimiento del basket

Igual que era capaz de meter la pata contabilizando los títulos ligueros de Guardiola, el candidato Laporta no engañaba a nadie cuando, atendiendo a un test rápido de Radio Barcelona, contestaba a la pregunta de “Su ídolo en el Palau” con “Solozábal, Norris y Thompson”.  Es de suponer que su ignorancia supina sobre las secciones le llevó a confundir al mítico Corney Thompson, jugador del Joventut de Badalona, con cualquier otro blaugrana. Teniendo en cuenta su desconocimiento sobre el tema baloncesto, es difícil imaginar que se refiriera, como ídolo, al Thompson que pasó por el Palau sin pena ni gloria la temporada 1996-97. 

Basaba su fuerza en la cohesión del grupo

El 13 de junio presumía en La Vanguardia de que “mi fuerza es la cohesión del grupo (…) La gran diferencia respecto a los demás es que somos un equipo de personas frente al concepto presidencialista que regía en el club”. Huelga decir que también engañó a los socios con la fuerza de un grupo que, desde luego, no estaba cohesionado. Y si lo estaba, algo muy sonado debió suceder para romper su unión forzando la dimisión primero de cuatro de ellos -alguno, como Moix, llegado al poder de la mano del propio Laporta y el Elefant Blau- y luego de once más. Pudo suceder, por ejemplo, que se fueran asustados al comprobar que el presidencialismo que iban a combatir se había adueñado del club. Y es que la cohesión de la que presumía Joan Laporta consistía en que todos debían votar unánimemente a favor de cualquier propuesta del presidente más presidencialista de la historia del club. 

Justificando al Elefant Blau

“Seguimos una línea de atención permanente de la gestión del club -decía para justificar su conducta crítica de toda la vida-, siempre desde la normalidad democrática y nunca entrando en cuestiones personales y deportivas”. Normalidad democrática era censurar de forma implacable y con saña cualquier anécdota de directivas anteriores. Lo mismo, hecho con él, era la prueba de que ocultos intereses movían a grupos minoritarios que no habían podido superar historias pretéritas. Se trataba de los “nostálgicos del pasado” y los “resentidos” que atentaban contra “la normalidad democrática”. Los que antes echaban mano de la crítica despiadada como una herramienta feroz eran recordados como excelentes barcelonistas. Y los que en ese momento no comulgaban con sus modales sólo eran “resentidos”. Laporta ocultaba que sí entró en cuestiones personales (a Núñez le llamaron desde el Elefant Blau “dictador“ y le compararon con Hitler y Pinochet) y deportivas (desde la oposición se obstaculizó el trabajo de Van Gaal y se cuestionó a algunos jugadores, como el caso comentado de Sorín). 

Él no hace trampas

“Mi hijo cada mañana me decía: “Papá, tú no ganarás porque no haces trampas, seguro que si hicieras un poco de trampas ganas”. Pues ganó. Ganó prometiendo a Beckham, prometiendo un grupo cohesionado, prometiendo eliminar las prebendas de los directivos, prometiendo un sponsor, prometiendo no vender patrimonio... ¿Hizo o no hizo trampas? Qué más daba eso ahora. Lo importante es que ganó.  Hablando de trampas, en plena campaña electoral apareció un manifiesto de adhesión a su candidatura firmado por miembros de la llamada sociedad civil catalana. Alguno de ellos, como Ricardo Bofill, tuvo que salir en público renegando  de su inclusión en la lista porque sus simpatías estaban con Bassat. Un malentendido sin importancia, claro. Porque era en beneficio propio. Si llega a producirse el error en su contra, seguramente a Laporta le habría faltado tiempo para acusar a Bassat de tramposo. 

Auditoría a fondo

Y Alfons Godall, entonces responsable económico porque Ferran Soriano todavía no había enseñado aún sus cartas, sentenciaba en Sport: “Al ser gente nueva, nos comprometemos a realizar una auditoria a fondo, cosa que la candidatura de Bassat no puede hacer al tener antiguos directivos en ella”. ¿Se referiría a Evarist Murtra, que acabaría siendo directivo de Laporta? Los socios que votaron mayoritariamente a Laporta porque prometió levantar las alfombras de Gaspart siguen esperando que se les explique la verdad. Se hizo una Due Dilligence y fue necesario que dos socios llevaran al club ante los tribunales de justicia para que un juez les diera la razón. El tema está recurrido ante el Supremo, pero la transparencia brilla por su ausencia. El asunto es grave porque Laporta, en los años previos al 2003, se convirtió en un auténtico especialista en dudar de la honestidad de los gestores del club. Tantos años poniéndolo todo en duda -lo que le sirvió para acceder al poder- y cuando estuvo al mando de la nave fue incapaz de demostrar algo de lo mucho que apuntó desde fuera del club. Tiró muchas piedras, pero acabó escondiendo la mano. O mentía entonces, cuando dudaba de la honestidad de los directivos, o mintió después, cuando no aportó un solo dato que confirmara sus viejas sospechas. Sea como fuere, el socio fue ninguneado. 

Familia poco culé

El barcelonismo incuestionable de Laporta -en esa época era el socio número 27.869- contrastaba con el nulo interés que demostró por convertir a su familia política a la fe blaugrana. Su esposa Constanza, que no pudo votar porque no era socia, declaraba poco después de conocer la victoria de su marido: “Mañana mismo me hago socia” (o sea, que si hubiera ganado otro, el Barça tendría ahora una socia menos). También debió costarle mucho convencer a su cuñado Alejandro Echevarría, socio número 93.025, para incorporarle a la masa social del club. “Ahora haremos socio a tu padre”, explicaba El País que le dijo a Constanza Echevarría un miembro de la candidatura poco después de confirmarse la victoria electoral. Son detalles anecdóticos e intrascendentes, pero que dibujan con meridiana claridad la escasa voluntad que el personaje tuvo por extender su barcelonismo en su ámbito familiar. Esa reticencia a pasar por caja para pagar el carnet de socio es hasta relativamente habitual en el entorno de Laporta. Su amigo Johan Cruyff, sin ir más lejos, tenía el carnet número 81.046 en el momento en que se convocaron las elecciones de 2003, lo que quiere decir que se inscribió como socio en 1996, poco antes de ser despedido como entrenador y 23 años después de empezar a comer del Barça como jugador, técnico y entorno. Otro ejemplo de interesado amor por los colores.

El sabor de la venganza

Aunque sus biógrafos oficiales se hayan encargado de limpiar su imagen explicando que en su época escolar fue expulsado injustamente de los Maristas del Passeig Sant Joan porque, cual Robin Hood, sólo se limitó a distribuir entre sus compañeros las preguntas de un examen, otras versiones apuntan que no sólo sustrajo el examen, sino que luego vendió las preguntas entre sus colegas. Fuera como fuere, lo cierto es que acabó siendo expulsado del colegio. Y a nadie le expulsan de la escuela porque sí. El asunto nada tendría que ver con la relación de Joan Laporta con el FC Barcelona -tema que nos ocupa- si no fuera porque una de las primeras decisiones que adoptó al tomar posesión de su cargo fue la de despedir a Miquel Pujol, un músico que amenizaba con el violoncello los descansos en el palco. ¿Motivos? Fue uno de los profesores que firmaron su expulsión de los Maristas 30 años atrás. El lado vengativo de Laporta obtenía por fin satisfacción gracias al cargo. Poco tardó en empezar a sacarle partido a la presidencia y a disfrutar del poder… absoluto.
   
“M´estic posant com un bacó”

Aunque en 2003 mostraba al mundo su cara más sencilla y amable: “Mi plato preferido son las galletas Príncipe con Coca-Cola; soy feliz comiéndolas”, lo cierto es que lo que a Laporta le iba de verdad era dejarse ver por los templos gastronómicos más exclusivos de la ciudad, especialmente el Drolma de su amigo Fermí Puig, el mismo que le regaló estratégicas y apasionadas defensas en La Vanguardia y RAC-1. Quizá por eso, por agradecimiento, Laporta intentó desviarle a su restaurante el máximo  número de “compromisos institucionales” del club que precisaban de mesa y mantel. Dijo que “m´ estic posant com un bacó”. Lo que no especificó es que se puso así degustando los platos más cotizados de la restauración catalana a 250 euros el cubierto. Es evidente que Laporta vivió en el Barça (y comió) los mejores años de su vida.

Restaurantes sólo para vips

Laporta manifestó en 2003 a la revista Descobrir Cuina que “cuando se remodele el Museu del Barça, se habilitará un espacio para usos gastronómicos. Y a la larga, tenemos la intención de convertir La Masía en la sede social del club y ubicar allí un buen restaurante”. Bla, bla y bla. Otra promesa, como tantas, que quedó en eso, en promesa. Al final de su mandato en el club no había más espacios para uso gastronómico que el catering habilitado en el palco para que en los descansos se pusieran como “bacons” sus amigos y demás compromisos con pase de favor y acceso al mundo de los privilegios, los mismos VIPS que podían alquilar los salones del club de forma privada para organizar sus festejos con la VISA de la empresa, los mismos que encontraban sin problemas entradas para las finales que jugaba el Barça.


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