2011-09-06 13:09 FC Barcelona Por: Administrador

La cara oculta de Laporta. Capítulo 35



Desidia con Ramallets y el Santboià
El problema de tener tantos amigos es que uno no da abasto. Así hay que entender que el que luchaba por un mundo más justo viajando en su jet privado y alternando con personalidades del Próximo Oriente no encontrara un hueco en su agenda para aplaudir personalmente la entrega de la Clau de Barcelona a Antoni Ramallets. Claro, Ramallets ni jugó en el Dream Team ni en su Barça. También pudo influir que un desplazamiento a un hotel de la Gran Vía barcelonesa era demasiado corto para él y no exigía coger el avión. El 11 de marzo envió al fiel Rovira como presidente suplente, y eso que en los medios oficiales del club se había anunciado la presencia de Laporta en el acto. “A mí me han llamado de protocolo y me han dicho que venga porque el presidente tenía que ir a otro acto”. Estaba muy ocupado. El lunes asistió a una reunión de la UEFA en Nyon (Suiza) y el miércoles se iba a Nueva York, aunque, eso sí, el martes hizo un hueco para asistir a la reunión de la comisión delegada, la que debía velar por el buen funcionamiento de un club que estaba abocado al fracaso por segundo año consecutivo. Era tanto su estrés, que además tenía que asumir la representación del club por esas fechas en los fastos del Centenario del Inter de Milán tras la invitación cursada por Massimo Moratti para asistir a una comida de gala ofrecida en su propio domicilio. Había que entender que todo el mundo quería verle a él y que no podía delegar para no defraudar a su público. También querían verle en Sant Boi con motivo del centenario del FC Santboià. El Barça no sólo no envió a ningún representante a los actos organizados por el histórico club catalán, sino que ignoró todas las peticiones para participar en un partido conmemorativo que, finalmente, contó con la presencia del Espanyol. Así se preocupaba el Barça por los clubs catalanes.

Al Palau, no. A Roma, sí
Y el mismo que no iba a ver el Barça-Lottomatica al Palau Blaugrana, sí se mostraba dispuesto a viajar a Roma para presenciar el partido de vuelta en directo. Claro, había que utilizar el avión privado, porque a estas alturas de la película la vida de Laporta era tan activa que ya no podía compartirla con el resto de los mortales y debía ir por libre. Hacía nueve meses que el presidente no viajaba con el equipo de baloncesto, desde que presenció en Vista Alegre el segundo partido de la final del play off entre el Madrid y el Barcelona. Antes había prestigiado con su presencia la final de copa en Málaga y después no vio uno sólo de los partidos del play off ante Akasvayu y Tau.
Laporta llegó a la capital italiana el mismo día del partido, 24 horas después que el equipo. Y mientras la expedición volvía a Barcelona con Cubells, él se quedaba en Roma, según Mascaró, “por temas de club”, temas que evidentemente nadie llegó a aclarar, pero lo cierto es que el presidente regresó por libre en el avión privado al que le estaba cogiendo tanto cariño.

Demagogia barata
Gracias a su maravilloso avión Laporta llegó a Barcelona a tiempo para entregar el Premio Internacional de Periodismo Deportivo Vázquez Montalbán. Como presidente del jurado Laporta agradeció al ganador, Simon Kuper, que defendiera que “la manera de jugar del Barça expresa la moral del país”. ¡Apañados íbamos si se tenía que medir la moral de un país por el juego de un equipo de futbolistas consentidos en esa época por la autocomplacencia de su presidente! Pero esas eran las conclusiones de un galardonado que además sostenía que “los catalanes no quieren tener un Estado, prefieren tener un gran equipo de fútbol”. ¡Premio para el caballero!

La culpa es de los jugadores
Por esas fechas el Barça volvía a enfilar la misma senda peligrosa de la temporada anterior. Ni freno a la autocomplacencia, ni código interno, el club seguía igual. Y la culpa para un buen número de creadores de opinión era exclusiva de los jugadores. Tras un penoso empate en Almería, en donde no estuvo presente Ronaldinho, Lluís Mascaró arremetía contra el brasileño como si éste hubiera fallado tres goles. “Rijkaard está harto de su indisciplina. De su comportamiento poco profesional. De que sea un mal ejemplo para los más jóvenes. Ronaldinho no tiene la cultura del trabajo que necesita un futbolista del Barça... ni le interesa conseguirla.
Se ha dejado ir. Definitivamente. Y Rijkaard ya no puede taparlo más. Seguro que no es el único jugador de la plantilla que no tiene una vida ordenada. Todos sabemos que hay más que salen de noche, que no se cuidan, que no se entrenan, que no tienen la actitud que corresponde a un componente del vestuario blaugrana. Pero Ronaldinho es el crack. Su luz se ha apagado. ¿Definitivamente?. Esta pregunta sólo la puede contestar el brasileño. Por ahora, guarda un extraño silencio que no es el mejor presagio. El entrenador lo sabe. El sábado le dejó en Barcelona bajo la excusa de unas molestias. Una ‘mentira piadosa’. Ronaldinho no jugó el Almería por su bajo rendimiento. Lamentable”. En el sueldo de Ronaldinho debía entrar la obligación de cargar con las culpas de los demás incluso cuando no jugaba. Sorprende, por otra parte, que las conclusiones de un resultado negativo deban centrarse en la figura de un futbolista ausente y la directiva se vaya de rositas después de permitir por segundo año consecutivo una serie de pecados que, según se dijo, estaban identificados y con sus soluciones en marcha.

¿Y ahora qué, señor Laporta?
Eso lo decía Josep Capdevila en la web de Sport desmarcándose del recurso fácil de Ronaldinho y buscando responsabilidades en el palco. “¿Y ahora qué, señor Laporta? ¿Hará como alguno de sus antecesores que sólo sabía decir que las notas se ponen a final de temporada? ¿Hará algo antes? ¿Hablará con un técnico que ha perdido el norte, el sur, el este y el oeste? ¿Hablará con un técnico que admite que, por ejemplo, no vio ni el resumen del Madrid-Getafe? ¿Hablará con un entrenador que delega incluso hablar con la prensa en su ayudante? ¿Hablará con un técnico que da 54 horas de fiesta a sus jugadores como 'premio' por haber perdido un partido? ¿Hablará con un jugador que monta una fiesta de cumpleaños justo después de perder en casa contra el Villarreal –se refería a Eto´o-? ¿Hablará con un jugador que llegó a esa fiesta cuando muchos socios del Barça ya se iban hacia su trabajo? ¿Hablará con un secretario técnico que con el equipo en crisis se va a jugar al golf a Bulgaria? ¿Hablará con algún responsable de que cada vez haya más jugadores en la enfermería que en el vestuario?
Ya lo ve señor Laporta. A la gente se le ha acabado la paciencia con el equipo cuando aún está vivo en tres competiciones. ¿Se imagina como puede estar la gente dentro de un mes?”. No se lo imaginaba. No podía imaginar que pudiera prosperar una moción de censura contra el presidente más votado de la historia. Y como no se lo imaginaba, alguien decidió llevar adelante la moción que iba a servir de vehículo de expresión para un sector mayoritario de la masa social.

El presidente baja al vestuario
Contraviniendo los principios fundamentales del cruyffismo a los que prometió someterse –ni eso sabía hacer-, Laporta bajó el 19 de marzo de 2008 al vestuario del Camp Nou, templo sagrado del técnico y los jugadores, para animar a sus futbolistas a superar la eliminatoria copera ante el Valencia. Lo hizo con escaso éxito a tenor del resultado (1-1). Y como su presencia y su arenga no fueron suficientes para solucionar el duelo en el partido de ida, redondeó su actuación ofreciendo una suculenta prima a los jugadores por alcanzar la final de la Copa del Rey. A esa reunión, curiosamente, no asistió Ronaldinho, que ya se había ido del Camp Nou cuando apareció el presidente, y tampoco Marc Ingla, el directivo responsable, que seguía esquiando en Canadá. El incentivo consistía en una oferta de cobro garantizado del 80% pactado por el triunfo final. Lo acordado era el 60% por alcanzar la final. Laporta, ingenuo él, creía que esos futbolistas a los que él convirtió en millonarios se iban a movilizar por unos miles de euros de más o de menos que en nada afectaban al estado de sus cuentas corrientes. Resultaba patético verle motivando a sus jugadores económicamente para superar al peor Valencia de los últimos años sumido en una crisis galopante y más pendiente de no perder la categoría que de lograr títulos. Incumpliendo sus promesas electorales, Laporta guiaba sus actos en función de su propia supervivencia y primaba a los futbolistas no por títulos sino por acceder a la final y simplemente evitar el fracaso. No era eso lo prometido, aunque cuando lo ganantizó no podía imaginar que podría llegar a estar tan desesperado. Laporta actuó como Lopera, Gil o Lara, con la diferencia de que éstos al menos ofrecían primas con su propio dinero. De alguna manera, echando mano del talonario, Laporta le estaba demostrando a Rijkaard que había dejado de confiar en sus métodos y que se fiaba más de los suyos, los que se basan en que el dinero lo puede comprar todo, incluido el cambio de actitud de unos jugadores inmersos en una dinámica perdedora. Dagoberto Escorcia, jefe de deportes de La Vanguardia, no salía de su asombro ante el comportamiento del presidente: "No puede ser que en lugar de bronca los jugadores reciban premios, única fórmula que Laporta encontró para animar al equipo a darlo todo ante el Valencia. Mala táctica la del presidente”.

Viaje al desastre
La plantilla del FC Barcelona se desplazó a Valencia para solventar la vuelta de las semifinales de copa suficientemente arengado e incentivado por el presidente, quien, por cierto, decidió verlo en directo y retrasó la salida del avión al que accedió deprisa y corriendo en compañía de su hijo pequeño mientras los demás les esperaban pacientemente. Fue el viaje a un nuevo desastre. El Barça cayó eliminado de la Copa.

Cemento en el Camp Nou
Y mientras Laporta trataba de arreglar los problemas a su manera, el socio del Barça, harto de la repetición de una película que ya había visto, optaba por desconectarse y dejar de asistir al Camp Nou. A medida que avanzaba la temporada las gradas iban perdiendo espectadores y la “media entrada” empezaba a ser habitual. La visita del Valladolid, por ejemplo, se saldó con una asistencia de 56.731 espectadores (y aún así quería ampliar el Camp Nou) nada dispuestos a dejarse embaucar, quizá por ello se oyeron los primeros silbidos y aparecieron los primeros pañuelos.

 



MAÑANA, CAPÍTULO 36

Culpables todos / El socio financia las juergas de Ronaldinho /
“Que no estamos tan mal, ¡hombre!”  / “¡Al loro!”  / No come con los peñistas / Mal imitador del peor Núñez

 



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