2012-06-07 22:06 FC Barcelona Por: Administrador

La trama del espionaje



El 24 de septiembre de 2009 El Periódico desvelaba en exclusiva, y firmado por David Torras y Mayka Navarro, que “el Barça contrató a detectives para espiar a cuatro vicepresidentes. Los directivos investigados eran posibles candidatos a la presidencia del club en las elecciones de 2010”. Las “víctimas” fueron Joan Franquesa, Jaume Ferrer, Rafael Yuste y Joan Boix. Y la iniciativa del caso la tomó el director general, Joan Oliver, oficialmente a espaldas y sin conocimiento del presidente. El tema se inició en abril y fue destapado en septiembre. Los directivos espiados siguieron en sus puestos como si nada hubiera ocurrido aún a sabiendas de que los acontecimientos había que entenderlos en clave electoral. Oliver explicó que se trataba de “una auditoría de seguridad”, pero a nadie se le escapó que el objetivo de la misma era obtener el máximo de información sobre la vida privada de posibles candidatos a encabezar la opción continuista para descartarlos y aglutinar el laportismo alrededor de la opción que más gustaba al presidente, que no era la representada por ninguno de los cuatro. No trascendió la información que se buscaba en sus vidas: ¿amoríos, familiares comprometedores, negocios turbios, relaciones indeseables? Sólo confusas teorías sobre sus negocios y patrimonio. Los beneficiarios de la operación fueron los presidenciables no vigilados y bendecidos por el presidente, Xavier Sala i Martín y Alfons Godall, que vieron allanada su aspiración a liderar el laportismo sin Laporta una vez descabalgadas otras opciones desde la propia directiva. Ambos tenían coartada. El primero aún no había sido nombrado directivo –pero sí era entonces presidente de la comisión económica, la que fiscaliza los gastos de la directiva, y aquí había un gasto- y el segundo ya se había preocupado de publicitar su deseo de no encabezar ninguna candidatura. Luego, una vez destapado el escándalo, reconsideró su postura. Así se justificaba que no hubiera sido objeto de ninguna vigilancia. “El espionaje es un delito”, sentenciaba Anton Maria Espadaler en su libro de glorificación laportiana. Sí, un delito.

Mortadelo y Filemón
La calle reaccionó en las encuestas de los medios de comunicación censurando el hecho y restando credibilidad a las explicaciones del director general, que no fue cesado a pesar de explicar lo que nadie creyó, que Laporta estaba al margen de la trama. “Cada día se toman mil decisiones en este club que se conocen en el momento en que son relevantes. Es como funcionamos. Es la práctica habitual del club, actuar con discreción en términos de seguridad". Es decir, que él decidió por su cuenta y riesgo vigilar a los vicepresidentes como la cosa más natural del mundo, saltándose al presidente más intervencionista de la historia del club. Y el barcelonista de a pie interpretó que si eran capaces de recurrir al espionaje con los “suyos”, ¿qué no harían con los rivales electorales? Causó también profundo malestar entre la masa social la noticia de que el coste para el socio de semejantes prácticas fuera de 56.000 euros, una cantidad fuera de mercado y de la que se benefició una candidatura electoral sin necesidad de emplear su propio dinero. Se trata de un hecho jurídicamente muy delicado porque el fin de ese gasto no encontraba justificación en un beneficio para la entidad sino en un servicio privado para alguno de sus administradores.
Para acabarlo de arreglar, Laporta, en su papel de guionista del programa Crackovia, montó un gag con Oliver en el avión que trasladaba al equipo desde Málaga mofándose de la situación e interpretando la canción de la pantera rosa, ante el sonrojo de Guardiola y los jugadores, que no daban crédito a lo que veían. Ese era el Barça de Laporta, el de Mortadelo y Filemón, no el de Guardiola. Ya se sabía, de todas formas, que Oriol Giralt fue vigilado durante la moción de censura y Sandro Rosell también había denunciado el seguimiento de desconocidos hacia su persona.



4 millones en seguridad
El director general justificó su actuación explicando que “consideramos que ellos cuatro adquieren una mayor relevancia pública, por lo que debemos preocuparnos por su seguridad (…) El objetivo no fue nunca eliminar a ninguno de ellos de la carrera electoral, sino simplemente protegerlos (…) El coste de es auditoría de seguridad ha sido de 56.000 euros, un 1% del presupuesto de seguridad del club, que se cifra en 4 millones de euros". 4 millones para la seguridad. 10 millones para la cantera. El orden de prioridades resultaba como mínimo de dudosa coherencia.

Nadie cree al director general
En la encuesta realizada por Sport entre sus lectores, el 73% suspendía a Oliver por sus explicaciones nada convincentes. En Mundo Deportivo era el 75% de los lectores el que desaprobaba los métodos del hombre de confianza del presidente. Los aficionados consideraban que si el club pensaba que sus vicepresidentes corrían algún peligro, lo primero que se debería haber hecho era comunicárselo a los propios interesados y luego a la policía. El 58% consideraba en e-noticies.cat que Laporta estaba al tanto de la trama. Y en Mundo Deportivo el 72% opinaba que Oliver debería dimitir. Pero al staff dirigente le importaba bien poco lo que opinara la gente. Para lo que les quedaba en el convento…

Laporta refuerza a Oliver y minimiza a Ferrer
Lejos de amilanarse tras la alarma social causada por la vigilancia ordenada a los cuatro vicepresidentes –y más cuando los hechos ocurrieron poco después de destaparse el escándalo Millet en el Palau de la Música-, Laporta reaccionó ratificando al empleado y solicitando en junta directiva que se le doblara la nómina, que según Pilar Rahola ascendía a 800.000 euros, porque “es el mejor director corporativo que hemos tenido”. Una proposición tan temeraria, por no decir indecente, no se contemplaría en ningún consejo de administración del sector privado. En el cortijo de Laporta, sí.



Tan enamorado parecía el presidente de su empleado que hasta le responsabilizó de la buena marcha del club: "Para mí, Oliver es una persona muy valiosa. Él sí que es el artífice del Barça actual". Cruyff, Txiki, Oliver… Cualquiera menos Guardiola. Tan bien lo hacía Oliver que Laporta decidió nombrarle anfitrión en la comida reservada a funcionarios del Dinamo de Kiev que tuvo lugar, naturalmente, en el Drolma. Y acto seguido lo envió a Nueva York y luego se lo llevaría junto a su prima de viaje solidario por las Américas como premio a su excelente labor. Antes, Laporta mantuvo un rififafe en pleno palco del Camp Nou con Jaume Ferrer, la gran víctima del escándalo. Mundo Deportivo lo recogió en exclusiva: “De acuerdo con lo que dicen varios testigos, el presidente encaró a su vicepresidente en un tono de voz elevado: "Supongo que tienes claro que yo no sabía nada. Lo que tienes que hacer es decirle a la prensa que yo no lo sabía", tras lo cual añadió: "Y no me chilles". La reacción de Ferrer fue de sorpresa pero envuelta en una calma perceptible. "Si el que estás chillando eres tú", le respondió y, dando por zanjado el tema, añadió: "Todos sabemos gritar, pero no es así como se solucionan las cosas". Del silencio posterior fueron testigos directos y más próximos el directivo Albert Perrín y dos empleados del club, un alto cargo del departamento de marketing y un miembro del área de comunicación, que presenciaron lo ocurrido desde el principio”. La escena podría haber sido firmada por el programa Crackovia para uno de sus gags. En otro podría haberse escenificado el momento en el que Laporta le lanzaba una botella de agua a la cara a Ferrer.  Una vez más, la realidad superaba a la ficción.

Toque de los políticos
El ministro de Justicia de la época, Francisco Caamaño, en declaraciones a la Cadena Ser, manifestó que estas “prácticas habituales“ en el Barça debían ponerse “inmediatamente en conocimiento de los Tribunales de justicia para que puedan combatirlas enérgicamente". La consellera Tura, por su parte, consideraba el caso como “terrible”, señalando que los directivos espiados “deberían informar, y rápidamente, por su seguridad. En todo caso, cualquiera que vigile a otro está vulnerando sus derechos y nadie tiene derecho a eso". Cualquiera menos Oliver, que parecía disponer de licencia para cualquier cosa amparado en la más absoluta impunidad. Curiosamente, horas después Laporta pondría en conocimiento de la policía diversas amenazas recibidas contra su persona.

La culpa es de los demás
Como ya venía siendo habitual en él, Laporta le dio la vuelta al calcetín y antes de que a cualquiera le diera por inculparle de algo, se convirtió rápidamente en víctima de una conspiración. Ni el Núñez más lúcido habría actuado con más convicción. Y es que a estas alturas Laporta ya había superado con creces a Núñez en sus facetas más negativas: “Hay una campaña de la prensa que proviene de las cavernas mediáticas españolistas y de gente que ejerce la intolerancia. Estoy sorprendido por la forma violenta en que salió a la luz pública el tema, cinco meses después. Ha sido desproporcionada y exagerada sobre un tema que quedó cerrado hace cinco meses". Estaba sorprendido de que el tema hubiera salido, no de su contenido, que lo encontraba absolutamente normal. Además, el asunto salió en un medio ¿cavernario? catalán. Y utilizaba su posicionamiento político como escapatoria justificativa de su comportamiento y como argumento contra las críticas que pudieran generarse. “Nos tienen ganas, en especial a mí –decía Laporta-, es año electoral y ya hay gente que calienta motores y como no tienen argumentos para expresar su propuesta, se dedican a intentar erosionar y desestabilizar”. ¿No fue él quien calentó este motor? ¿O al final habría que acabar pensando que quienes urdieron la operación de espionaje fueron los que le tenían ganas? Como si los que le “querían mal” no tuvieran suficientes argumentos, ya se encargaba él de proporcionárselos.

Vicens denuncia
El ex vicepresidente primero, Albert Vicens, dimitido en julio de 2008 y antiguo compañero de fatigas de Joan Laporta en el Elefant Blau –nada sospechoso, por tanto- lamentaba en La Vanguardia el pésimo seguimiento que Laporta había hecho del guión marcado por aquel grupo de jóvenes emprendedores que iniciaron en 1997 la lucha por el poder con la intención de mejorar el club: "Se ha implantado en el seno del club un estado policial (…) Sólo la directiva tiene el mandato de los socios para tomar decisiones (…) Se han utilizado fondos del presupuesto del club en beneficio de los intereses electorales de esta junta (…) Lo acaecido atenta contra los principios democráticos y la libertad de las personas (…) Debe destituir al director general corporativo y al jefe de seguridad por abuso de confianza y realización de actividades contrarias a la intimidad de los socios, tal como indican los estatutos del club (…) Es triste comprobar cómo el espíritu del Elefant Blau y del 2003, basado en la transparencia y la honradez, se desvanece día a día". Vicens resumía con su opinión el desencanto de los 15 directivos que emprendieron con entusiasmo la tarea de cambiar el Barça codo con codo con Laporta y que asistían desolados a la escenificación de los peores vicios del laportismo. Vicens ya conocía de primera mano el caso que el presidente hacía de los estatutos cuando su redactado no le era favorable, así que poco podía esperar que destituyera a nadie en base al espíritu de la constitución blaugrana.

 

Fin de mandato bajo sospecha

Sostenía Ramón Besa en El País el 26 de septiembre de 2009 que Joan Laporta “acabará su mandato con la sospecha de haber urdido una trama para procurar perpetuarse en el cargo a través de una persona de su máxima confianza”.

Desde que entendió que le robaban un año de mandato por decisión judicial, cuando tuvo que convocar elecciones anticipadas en 2006, Laporta ha actuado con un punto de autoritarismo que poco tiene que ver con su determinación y desacomplejamiento habituales en momentos de mayor calma. El presidente cambió hasta diez personas para controlar el aparato ejecutivo con personal de su confianza y hacer lo que le viniera en gana, de manera que donde la antigua directora general Anna Xicoy ponía mala cara, Joan Oliver extendía los billetes a Kuwait y Uzbekistán. Laporta ya no necesita permiso para nada sino que sólo se pregunta por la línea que delimita lo ético de lo ilegal”.

Así ocurrió cuando su bufete actuó como intermediario en la posible venta del Mallorca y se supone que puede haber operado en el asunto del espionaje, o al menos aún no ha explicado por qué, si es que era tan inocente, no denunció la investigación a la que habían sido sometidos cuatro de sus vicepresidentes cuando fue informado. Laporta, en cualquier caso, ha logrado quemar prácticamente a Jaume Ferrer y sus directivos amigos, o en menor grado limitar sus aspiraciones a encabezar la candidatura continuista, para suerte de Alfons Godall y Xavier Sala Martín, las dos apuestas presidenciales con vistas a su sucesión en el palco del Camp Nou en las elecciones de 2010”.

“Oliver, por tanto, actuaría de comisario político y no de director general, y su eficacia sería tan alta que han pensado en doblarle el sueldo en lugar de destituirle o pedir su dimisión”.

No acallados todavía en aquellas fechas los ecos del escándalo de Félix Millet, el turbio asunto de la intromisión del club en la vida privada de sus vicepresidentes utilizando dinero de los socios sirvió para sacudir los cimientos del barcelonismo, descartar de cara al futuro a los espiados por su pasividad ante semejante atropello y confirmar a los favoritos de Laporta, Godall y Sala i Martín, como delfines en clave electoral. El maquiavélico estilo de Laporta precisaba de comportamientos de esta naturaleza recurriendo a golpes bajos. Estaba en juego el relevo y, antes de que diera comienzo la guerra de sucesión, él quería estar seguro de que su caballo ganador atendería a razones y no se dedicaría a esa tontería de levantar alfombras.

 

No fue una auditoría de seguridad

Lo explicaba Juan Bautista Martínez en La Vanguardia el 9 de octubre de 2009: “Entre 35 y 40 páginas. Anexos. Investigaciones sobre las relaciones empresariales y políticas. Averiguaciones sobre el patrimonio personal. Búsquedas de antecedentes penales. En eso consistían los informes que el director general del Barcelona, Joan Oliver, encargó a la empresa Método 3”.  Es decir, que de “auditoría de seguridad”, nada. Fueron pura y llanamente espiados.

Seguía La Vanguardia en su información detallando que la investigación se basó en “el patrimonio personal de cada uno, en los ingresos anuales, en el historial laboral y en la existencia o no de antecedentes penales. Una vez completados estos apartados se pasaba al campo de las deudas (…) Los informes terminaban con tres puntos más: las sociedades en las que participaban o de las que eran propietarios, las propiedades (…) Los informes también incluyen entrevistas con el entorno personal de los investigados. En el caso concreto de Ferrer, su informe añadía tres folios en el que se relataba una agria conversación con su ex suegro. Éste acusaba a Ferrer de diversas cuestiones, entre ellas de haberse aprovechado de una etapa en la que trabajaron conjuntamente para llevarse a clientes hacia sus empresas”.

Ese mismo día El Periódico, a través de Maika Navarro y David Torras, insistía en que los dosieres se centran en temas conflictivos de índole profesional y en el perfil de los directivos” y en que “la investigación obvia la protección de los afectados, contrariamente a la versión oficial”. Y añadía que “el tono de los informes desmonta la versión oficial del ejecutivo, confirmando que el encargo tenía un propósito electoral, tal como asumen los propios directivos investigados”.

Por su parte, desvelaba El Periódico ese mismo día que de Rafael Yuste se destacaba en los informes “su falta de carisma como directivo (…) El caso de Joan Franquesa, que fue quien pidió al ejecutivo si podía encargar una «auditoría de seguridad», es muy significativo ya que ni se menciona que hubiera alguna sospecha de que alguien le estaba vigilando. Los únicos riesgos que se alertan son aquellos que podrían ser utilizados en su contra si alguno hubiera saltado a la palestra como candidato (…) La presunta denuncia de Franquesa ni se investigó, ni se denunció”.

“A ninguno de los cuatro vicepresidentes les hizo gracia que unos detectives merodearan en su entorno profesional y privado durante las dos semanas que duró la investigación. Cuando se enteraron y pidieron explicaciones a Laporta en una tensa reunión, el presidente dijo no saber nada del tema. Esa tensión fue mucho mayor con Oliver, a quien uno de los vicepresidentes (Jaume Ferrer) llegó a zarandear. Los investigados reclamaron que Oliver fuera despedido pero Laporta se opuso de manera contundente”.

 

Informes plagados de errores

En Mundo Deportivo Cristina Cubero sostenía al día siguiente que las auditorías estaban repletas de inexactitudes: “Cuando le entregaron el informe a uno de los vicepresidentes, no pudo menos que comentar lo cutre que era, como si realmente hubieran sido elaborados por individuos poco profesionales. De este vicepresidente dice el informe que vive en una localidad costera catalana, cuando hace más de cuatro años que vendió esa casa y desde entonces está empadronado en Barcelona, donde reside (…) En este informe triplican los ingresos del vicepresidente en cuestión, le incluyen la presidencia de empresas de las que nunca oyó hablar, e incluso le hacen accionista de una empresa de la que participaba su mujer antes de ser esposa”.

Sorprende que una información de tan pobre nivel fuera valorada por el director general con 56.000 euros. 56.000 euros que no eran suyos ni de la candidatura para la que parecía trabajar. 56.000 euros que no aparecieron en los balances presentados por la directiva a la asamblea soberana. 56.000 euros que se le escondieron a los socios y que probablemente serían incluidos en la partida de “gastos sin justificar”. 56.000 euros sobre 70 millones son poca cosa.

 

Oliver, reforzado

Los medios de comunicación catalanes conjeturaron durante esos días sobre la posibilidad de que se produjeran dimisiones entre los afectados por la investigación si el presidente no cedía a su petición de cese del director general. Incluso se hablaba de un sector compuesto por diez directivos dispuestos a forzar el adiós de Oliver, es decir, la mayoría.

Por su parte, la Fundació Catalunya Oberta, afín a Convergencia i Unió y a la que pertenecen el propio Oliver y Sala i Martín, planteaba en su editorial la necesidad de que Laporta despejara el panorama limpiando su directiva y forzando dimisiones. «No hay orden interno en Can Barça. Y este es un grave problema. Si Jan Laporta está interesado en formar una alternativa de continuidad con garantías de ganar las elecciones del año próximo, debería resolver y cerrar las divisiones internas. Aunque sea a costa de provocar alguna dimisión más. En caso contrario, las candidaturas de la oposición lo tendrán todo a favor. Como demuestra la experiencia electoral, lo que más castigan los votantes es la incertidumbre y el descontrol. ».

Por esas fechas Laporta había avanzado enigmáticamente que "la solución espero que sea de consenso y que no tengamos que tomar otro tipo de decisiones". No hizo falta. A la hora de la verdad, nadie se atrevió a exigirle nada al presidente, y Oliver no sólo siguió en su sitio, sino que salió reforzado y con el sueldo doblado, seguramente por unanimidad de Laporta consigo mismo. "Ha conseguido obtener beneficios en un año de crisis mundial y creo que debería cobrar aún más". Y obtuvo un amén como respuesta. Oliver pasaba a cobrar 900.000 euros anuales por la gracia de su amigo presidente. Jaume Ferrer advertiría luego que "el sueldo que gestioné es una tercera parte o menos de lo que actualmente cobra" . También desmintió Ferrer a Joan Laporta cuando aclaró que "yo no participé en ninguna reunión en que se hablara del salario de Joan Oliver". Laporta había anunciado al mundo que la cuantía de su contrato había sido decidida por la directiva por “unanimidad”. Como siempre. La unanimidad de Laporta es consigo mismo. Suficiente.

 

50 segundos

Así explicó Joan Vehils en Sport la esperpéntica reunión en la que los directivos iban a plantarle cara a su líder: “El tema principal lo liquidó el presidente en 50 segundos. Laporta preguntó quién quería tratar el tema y hubo un silencio de 30 segundos. Lo volvió a intentar y tras 20 segundos más de espera se cerró el tema. Por unanimidad no hay caso y, claro, por unanimidad, luego, también a instancias del presidente todos ratificaron a Oliver. Sí, sí, todos. Todos dijeron sí. Los que rajaron de él durante los últimos quince días y los que callaron. Luego, Laporta, fue más explícito que ellos al explicar, sin pelos en la lengua, que el director general cobra 600.000 euros más incentivos. Pero no sólo eso, el presidente añadió que le parecía poco dinero por el buen trabajo que está realizando el primer ejecutivo del club. Laporta es así. Cuando él habla nadie le replica. Y nadie, quiere decir nadie. Y de ese modo todo sigue igual. Bueno, todo no. Una vez más el presidente es el que más reforzado sale de la polémica y además ha logrado no reabrir el lamentable caso de las investigaciones solicitadas por su estimado director general. Tampoco salen bien parados los vicepresidentes investigados y algunos de sus directivos. Llevan días matando a Oliver y ayer le dejan seguir con vida. Ellos sabrán qué estrategia utilizan. Si es que la tienen”.

"Propuse a los miembros de la Junta tratar el tema de Joan Oliver, pero mis compañeros, de manera unánime, declinaron la opción de reabrir el asunto y ratificaron la labor que está haciendo", explicó el presidente a los periodistas, mientras aseguraba que ningún directivo le había recriminado nada en torno a sus actuaciones ni sobre el sueldo de Oliver, que triplicaba el que tenía su antecesora, que se caracterizó por una brillante gestión de la parcela económica. «Son cifras que entran dentro de la más absoluta normalidad, Mi opinión es que debería cobrar incluso más». El diario Gol denunció que Jaume Ferrer habría sido amenazado con ser degradado a simple directivo si osaba proponer en la reunión de la famosa junta cualquier iniciativa contra Joan Oliver. La información añadía también que Joan Franquesa podría perder la “inmunidad” de la que gozaba por el caso Boehringer si perdía la notoriedad que le proporcionaba su cargo en la directiva del club. El mismo diario, Gol, advertía de que la minuta de la agencia Método 3 no era de 56.000 euros, como afirmó Oliver, sino que superaba los 300.000.

Mientras se debatía la penúltima crisis interna del club, Laporta abría fuegos en el exterior llamando “imbécil” en repetidas ocasiones al presidente de la Junta de Extremadura y enzarzándose en una batalla dialéctica con el de Cantabria a raíz de la radicalización de su discurso político.

 

Conductos adecuados

El presidente, de cualquier forma, admitía que en la junta existía “diversidad de opiniones” y lo refrendaba añadiendo: "Evidentemente no todo el mundo piensa igual, y es bueno que sea así. Es señal de que es una junta dinámica y que está viva. Aquí se respeta la opinión de todo el mundo siempre y cuando se utilicen los conductos -reglamentarios- adecuados". Un conducto reglamentario adecuado debía ser, seguramente, el espionaje a cuatro miembros de la junta.

 

367.000 euros

Gabriel Masfurroll se hizo eco de las informaciones que ya estaban en la calle en torno a la cuantía de la operación de espionaje advirtiendo en Els Matins de TV3 que el coste total ascendió a 367.000 euros y no 56.000 como aseguraba el director general. Y añadió: "También me sabe mal que el presidente Laporta haya dicho que lo que cobra el director general le parecen poco dinero, porque conozco gente que para pagar su carnet de abono tiene que pedir préstamos".

Laporta le respondió rogándole que "deje de intoxicar" y calificó su intervención de “muy lamentable. No se pueden lanzar estas falsedades en público porque no benefician ni a la persona que las dice ni al club. Crea una sombra de sospecha que no procede". Eso lo decía quien se pasó años y años creando sombras de sospecha y lanzando falsedades en público durante su época de entusiasta aspirante a hacerse con el poder. Y añadió: “Que rectifique o que demuestre", advirtiendo que esto último no sería posible porque "lo que dice no es cierto". Hubiera sido más fácil que lo demostrara él haciendo honor a la transparencia prometida, como reclamaba en su época del Elefant Blau, enseñando la factura con la cifra auténtica. ¿No lo hizo porque había algo que esconder? Esa era su coletilla cuando le exigía algo a Núñez y no obtenía respuesta. Y aprovechó para recordarle a Masfurroll su pasado con Gaspart: "Habría mucho que decir, pero nosotros siempre procuramos mirar hacia el futuro". Ahora había mucho que decir de Gaspart. Cuando el barcelonismo le pidió que levantara las alfombras, tal y como prometió, se quedó mudo.

 

Sala i Martín, al ataque

"Miente, el club no gastó 360.000 euros en las auditorías", respondía Xavier Sala i Martín en el programa de Jordi Basté de RAC1. "Eso es mentira, lo que él (Masfurroll) ha hecho es leer un diario que se llama El Pelíkano, que es propiedad del señor Sandro Rosell, y se lo ha creído". No fue pelikano.cat quien levantó la noticia, sino el diario Gol y bien habría hecho Sala i Martín en probar que dicha web era propiedad de Rosell si no quería pasar por mentiroso. No lo probó. “Que rectifique o que demuestre”. Seguía Sala i Martín: "Lo más divertido es la explicación que da de cómo lo sabe. Dice que en el Barça si se hacen gastos de menos de 50.000 euros no pasan por junta y eso es lo que le lleva a él a pensar que son 360.000 euros en lugar de 56.000. De lo que no se da cuenta es de que 56.000 son más de 50.000 y, por tanto, si se hubiera querido esconder, se hubiera hecho de 49.000 euros y no de 56.000. Si el señor Masfurroll se refiere a que cuando él era directivo de Gaspart se hacía eso, celebro que nos dé la información. Pero esta junta directiva ha erradicado este tipo de prácticas". El socio seguía esperando que “este tipo de prácticas” fuera denunciado por un presidente y una directiva que prometieron hacerlo. Pero ese tipo de prácticas sólo servía para tirar la piedra y esconder la mano si había que salvar el pellejo cuando se pillaba en un renuncio al presidente y su economista de confianza.

Y en su facebook añadía: "El Barça vive uno de los momentos más esplendorosos de su historia y es una pena que gente como ustedes usen estrategias basadas en la intoxicación constante y la crítica destructiva. Pero tranquilo. Nosotros seguiremos trabajando en positivo para que Guardiola, técnicos y jugadores nos sigan dando los éxitos deportivos que hacen que nuestros simpatizantes trempen con el Barça como nunca habían hecho. Unos hacen trempar, otros no y otros hacen destrempar. Nosotros somos de los primeros y ustedes... de los terceros". Este es el tono del catedrático de Columbia. Se entiende el obcecamiento de Laporta por nombrarle heredero universal contra viento y marea. Eran iguales. Festivos “trempadores” unidos por el “que n´aprenguin”. Más listos y más guapos que nadie. Más siniestros que nadie.


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