2012-11-17 13:11 FC Barcelona Por: Administrador

Sandro Rosell, el vicepresidente (IV)



No había alfombras para levantar
No hubo ningún pacto para no levantar las alfombras. En su día se decidió en la junta porque el Barça no puede actuar con temeridad e interponer una demanda por mala gestión sin tener evidencias”, decía Laporta en su respuesta a las palabras de Rosell en el anuncio de su dimisión. Una demanda por mala gestión quizá no se pudiera hacer, pero sí, por ejemplo, organizar previamente una moción de censura y cuestionar incluso la honestidad del presidente del Barça a partir de supuestas evidencias sin ninguna base. Laporta también podría haber aprovechado el momento para pedir disculpas a los socios que le votaron, muchos de ellos atraídos por su promesa de levantar las alfombras. Y no es que sólo lo prometiera, sino que incluso aconsejó que desconfiaran de los demás candidatos porque él era el único que lo iba a hacer. Ahora, como presidente, no podía actuar con temeridad. En su época de desestabilizador lo hizo a manos llenas. Laporta labró su prestigio como opositor con evidencias falsas como la de que Núñez quería convertir el Barça en una SA.
A falta de mejores argumentos, el presidente se dedicaba a negarlo todo: “No es cierto que no se facilitara información de China a los directivos; las negociaciones sólo eran confidenciales de puertas para afuera”. Venía a reconocer también que, de puertas para afuera, cuanto menos supiera el socio mejor.  “Las influencias externas que apuntan a Cruyff no son ciertas”. Por eso en la época de los éxitos –nunca en los fracasos- le faltó tiempo para adjudicarle a su amigo-cliente-consejero-gurú la autoría de los títulos o para agradecerle su intervención en las colocaciones de Rijkaard y Txiki.“Yo no he cambiado. Lo que ha cambiado es el Barça, que se ha modernizado”. Y lo hizo apoyado en el tándem Villar-Gaspart, símbolos ambos de modernidad para él.

Lecciones de lealtad
En los cuatro directivos que se han ido se preveía una estrategia premeditada para erosionar”, decía Laporta. Sonaba extraño después de oírle apenas unos días antes hablar maravillas de Rosell. También costaba creer que un hombre de su entera confianza como Jordi Moix, compañero de fatigas del Elefant Blau, invirtiera tantos esfuerzos en las trincheras de la oposición para dedicarse luego a erosionar desde dentro una vez cumplido su viejo sueño de alcanzar el poder para cambiar el club. De ser eso cierto, la credibilidad de aquel Elefant Blau ofrece todavía más dudas con la perspectiva del tiempo.
La minoría puede tener razón y no compartir lo que decide la mayoría, pero debe aceptarlo. Si no, se entra en una dinámica de deslealtad”. Insisto en que eso no podía decirlo quien más muestras ha dado de desprecio hacia la voluntad de la mayoría en el barcelonismo.
Me siento muy orgulloso de mi junta porque en momentos críticos la mayoría ha actuado con sentido común para no desestabilizar al equipo”. El sentido común, obviamente, era el que marcaba el presidente con o sin razón. Y viendo los resultados del equipo, campeón de liga aquel año, no parece que las diferencias entre directivos desestabilizaran lo más mínimo. De cualquier forma, los dimisionarios esperaron en silencio al término de la temporada para formalizar su adiós aún a costa de alargar su calvario en sus últimos meses dentro de la junta.



“El club no puede depender de una persona”
Y le decía Joan Laporta públicamente a Sandro Rosell: “Los personalismos no tienen cabida en este Barça. El club no puede depender de una persona”. Precisamente por eso Rosell presentaba la dimisión, porque el Barça era ya incluso más presidencialista que en la época de Núñez.
Hay una mayoría amplia que gobierna, y un entrenador y un director técnico que trabajan bien. Por eso el Barça tiene presente y futuro”. Ya no se acordaba de sus abrazos a “Sandrusco”, a quien hacía responsable de la gran plantilla reunida en el Camp Nou. La generosidad nunca fue su fuerte. Todo era obra suya, de su amigo Johan y sus recomendados y de los palmeros dispuestos a aplaudirle. Tampoco supo agradecer jamás a sus antecesores que le dejaran un equipo con Víctor Valdés, Puyol, Xavi, Oleguer, Iniesta, Motta y Messi preparados en la rampa de lanzamiento para firmar un futuro brillante. Reconocer eso posiblemente le hubiera producido una reacción alérgica.
Le dije a Sandro que le estaban instrumentalizando para dividirnos”. ¿Quién? ¿De qué hablaba? ¿Por qué no daba nombres? ¿A quién quería engañar?

¿Se tienen que ir o deben quedarse?
Seguía Laporta: “Los empleados que son de confianza de un determinado directivo que se ha ido, por dignidad deberían irse. Yo lo haría”. ¿Por ejemplo, Ronaldinho? Sobre este punto Sport informaba el 10 de junio de 2005 acerca de “una nueva dimisión tras la crisis Laporta-Rosell: Miquel Sambola, máximo responsable de la sección de fútbol sala. Según Sambola, se va por lealtad a Rosell y a Bartomeu. Siendo muy respetable su decisión, habría que recordar que también se debe ser leal a la entidad”. ¿En qué quedamos? ¿En que consiste el término lealtad? ¿Los afines a Rosell debían irse, como sostenía Laporta, o quedarse, como exigía Sport? ¡Qué lío!

Directivos sin medalla
Preguntado Laporta sobre por qué no dedicó el título de liga a Rosell, respondió: “Lo hubiera encontrado totalmente incongruente dedicarlo a compañeros de la junta porque sería dedicárnoslo a nosotros mismos. Me lo preguntaron y pensé en las personas de fuera del club que merecían un reconocimiento. Se lo dediqué a los barcelonistas, a mi padre, que me educó en el barcelonismo, a Carabén, una referencia y la mejor persona que he conocido desde que estoy en este mundo, e hice referencia a Cruyff porque nos dio un consejo que ha sido acertado: contratar a Txiki y Rijkaard”. Con la perspectiva del tiempo y después de ver cómo transcurrió esa temporada, no sé qué hubieran hecho Txiki y Rijkaard si Rosell no hubiera “aconsejado” el fichaje de Ronaldinho aún a costa de enfrentarse a infalible gurú. Efectivamente, no hacía falta colgar medallas a la directiva. Todas debían ser para él y su entorno de favoritos y validos.



La opinión de sus amigos
Yo no he cambiado, me lo dicen mis amigos y yo les creo. Lo que ha cambiado es el Barça por una forma de gobernar moderna, innovadora y profesional de gestión”. Creía a sus amigos como creyó a su cuñado. El criterio de sus amigos, si se trataba de los palmeros que le vitoreaban hiciera lo que hiciera, no era muy fiable. La forma de gobernar moderna, innovadora y profesional luego se vería que estaba basada en la autocomplacencia y la autogestión de los jugadores: no hacer nada aunque las cosas vayan mal y no se vislumbre posibilidad alguna de mejora. Y así se podían destrozar las secciones y hundir al fútbol base en la miseria, aunque eso sí, “de forma moderna, innovadora y profesional en la gestión”.
Un ejemplo claro de que quien había cambiado era Joan Laporta y no el club fue que la vacante de vicepresidente deportivo no sería cubierta y que sus funciones serían asumidas por Txiki y Rijkaard. Otro incumplimiento electoral en toda regla. Tanto power point y tantos panfletos publicitarios distribuidos por su candidatura a los socios a través de los diarios y luego resultaba que las cosas no eran como se explicaban, que aquel organigrama era falso y que aunque se contemplara la figura del vicepresidente deportivo, lo cierto es que Cruyff no la bendecía y, por tanto, había que suprimirla. Pero oficialmente no era Laporta el que cambiaba, era simplemente el resultado de la modernización del club. Qué bien lo explicaban. Para eso también tenía respuesta Laporta: “Al principio tenía sentido esta figura, pero ahora que los ejecutivos trabajan tan bien, se puede establecer otra forma de funcionamiento”. Luego volvería a cobrar importancia y rescataría esa función del baúl de los recuerdos colocando ahí a Marc Ingla. Rosell tan pronto era su amigo del alma para toda la vida como un colaborador desleal y prescindible de la misma manera que la figura del vicepresidente deportivo podía pasar de ser vital en el organigrama a innecesaria en función de cómo soplara el viento. Eso nos remitía también al importantísimo puesto de responsable de la Oficina de Atención al Futbolista, que quedó sin cubrir una vez dimitido Alejandro Echevarría. Era evidente que el organigrama del Barça de Laporta se asentaba sobre los personalismos.

Los fuera de serie se convierten en resentidos
Otra más: “Xavier Faus nunca ha hecho evidente que se quiera marchar. Puntualmente podemos tener divergencias, pero nos unen muchas más cosas”. Lo mismo que dijo de Rosell. Faus no acudió a la reunión de la junta en la que se debatían las dimisiones. “Nos ha dicho que estaba en Nueva York y nos ha mandado un e-mail aceptando las dimisiones”. ¿A quién quería engañar? Faus se fue como Rosell, que era su amigo del alma, “un fuera de serie. En ningún caso existe una mala relación porque es muy buena persona". Eso lo decía sólo unas semanas antes. El presidente iba acumulando deslealtades y convirtiendo en resentidos a quienes antes eran fueras de serie y buenas personas.

El mundo se llena de traidores
El criterio a seguir para los nuevos directivos siempre ha sido el de la capacidad y la ilusión por ser directivos del Barça. Para ser directivo hacen falta valores muy importantes. Uno de ellos es la responsabilidad y otro aceptar lo que decida un órgano colegiado, pasar de personalismos y tener la piel muy gorda para soportar determinadas situaciones”. La capacidad, la ilusión y la responsabilidad de los dimitidos no era cuestionable. Seguramente no daban la talla en eso que Laporta llamaba “piel gorda” y que también se podría definir como “tragaderas”.
Pero toda esta movida acabó valiendo la pena: “Dentro del club no queda nadie que pueda intentar desestabilizar el proyecto”. ¡Al fin solos! A partir de ese momento Laporta se bastaría solito para desestabilizar el club desde dentro con sus actos entre los aplausos de sus incondicionales… hasta que tres años después se le fueran otros ocho directivos, entre ellos cuatro vicepresidentes, porque exigían su cese como condición inexcusable para seguir. Al final de su mandato había perdido a 15 directivos por el camino. El mundo se estaba llenando de traidores, desestabilizadores, mala gente… Laporta contra el mundo.

A Moix lo echan
Monés, Bartomeu y Rosell dimitieron ante los medios de comunicación, pero el cuarto “desestabilizador”, Jordi Moix, no sólo no lo hizo, sino que acudió a la reunión extraordinaria de la junta con la clara intención de continuar. El presidente le dijo que su continuidad en la junta “generaba desconfianza” y fue invitado a dimitir. Moix, nada sospechoso, firmó la moción de censura con el Elefant Blau y se enroló en la candidatura de Fernández y Bassat con Laporta. Sin embargo, el presidente y sus directivos afines no le juzgaron por su trabajo en el club, como a Echevarría, sino por sus ideas, “que generan desconfianza”. No tuvo la suerte del cuñado de Laporta, para quien los directivos afines pidieron que se le valorara por sus hechos y no por sus afinidades políticas. Una prueba más de que la mayoría en la directiva funcionaba vergonzosamente a base de impulsos en función de la voluntad del sumo presidente.
Jordi  Moix lamentaba tras su dimisión que “Laporta ha mostrado su desconfianza hacia mi persona y así no podía seguir en la junta. No quiero tener la sensación de estar molestando, así que lo mejor era marcharse”.

Le castigan por sus ideas
Sus labores fueron la construcción de la Ciutat Esportiva, la recalificación de los terrenos de Can Rigalt, la puesta en marcha de los palcos de lujo… “¿Cuál ha sido mi pecado?”, se preguntaba, aunque la respuesta la conociera de sobra. Lo cierto es que se valoró más su reciente afinidad a las tesis de Rosell que su pasado de años y años en las trincheras amotinándose junto al compañero Laporta contra el poder establecido. Moix admitió que en los últimos meses trató de convencer a la junta de que la aportación de Rosell era muy válida. “Defender esto ha pesado más en los miembros de la junta que lo que he hecho en las tareas encargadas a mi parcela de trabajo”.
Moix se fue con la amargura de quien sabe que “se podía haber hecho algo más en cuanto a comprobar la gestión de la antigua junta (…) No hubo una idea concreta de levantar las alfombras y se manifestó una cierta incomodidad de investigar”.
Más lamentos: “Otra de las cosas que nos llevó a presentarnos fue cambiar los estatutos y no he visto ningún signo para entrar en esto en profundidad”. Sólo a punto de concluir su segundo y último mandato presidencial, Laporta se preocupó del tema.
En el Elefant Blau Moix se encargaba de descubrir los aspectos turbios en la contabilidad de Núñez. Eso estaba muy bien. Otra cosa era mantener la misma línea de exigencia con su jefe. Y optó por abandonar: “He sentido que habiendo falta de confianza de mis compañeros era poco operativo seguir colaborando. Yo no soy un directivo de puro y palco”. Con eso precisamente querían acabar los que le embarcaron inicialmente en este proyecto.

MAÑANA, PRÓXIMO CAPÍTULO

Sandro Rosell, el vicepresidente (V)

Mayoría organizada / Cruyff ha influido / Reacciones / Las razones de un desencuentro / Venden Can Rigalt sin quorum / Ayuda mediática para el presidente / Laporta se explaya / La candidatura fantasma de Rosell / Inmaduros /  Amigotes y amiguetes.

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