2019-03-04 22:03 Prensa Merengue Por: Fede Peris

El reloj se le ha parado a Tomás Roncero en 1995

A falta de alegrías recientes en los clásicos, Tomás Roncero se dedica en 2019 a recordar un clásico de 1995. Desde entonces el Madrid no ha tenido un 2-6, un 5-0, un 5-1, un 0-4, un 0-3, otro 0-3 como el Barça.



En los últimos años el FC Barcelona ha conseguido pasarle la mano por la cara al Real Madrid hasta el punto de recuperar el tiempo perdido y situarse por delante en la disputa de los clásicos, con más victorias que derrotas.

Y lo ha logrado con un 2-6, un 5-0, un 5-1, un 0-4, un 0-3, otro 0-3... Resultados contundentes que no han tenido respuesta en el Real Madrid, que en todos estos años ha ido ganando al Barça alguna vez, de vez en cuando, pero por los pelos. Y, por supuesto, sin arrollar con su fútbol. Y es que el buen fútbol no ha sido el punto fuerte del Real Madrid en el siglo XXI.



Quizá por eso, porque pasan los años y el Real Madrid no reacciona ante la evidente hegemonía del Barça en el fútbol erspañol, Tomás Roncero se ha quedado anclado en 1995, y a falta de otras alegrías se dedica a recordar viejos tiempos, como el abuelo, cuando el Real Madrid era capaz de marcarle cinco goles al Barça. ¡Qué tiempos aquellos hace 25 años! Pues de eso vive Tomás Roncero. De títulos en blanco y negro cargados de sospechas y de goleadas que se produjeron y no se han repetido, como ha ido sucediendo en el caso del Barça, que ya se ha acostumbrado a humillar al Real Madrid de tanto en tanto para que no se le suban los humos a base de ganar Mundialitos.

Y es que nada mejor que el cara a cara para saber quién es mejor. De esto habla hoy Tomás Roncero en su artículo del diario As: 

El último clásico feliz para Tomás Roncero fue en 1995

"Recuerdo el Clásico de la manita, el del 5-0 al Barça de Johan Cruyff. Temporada 1994-95. Justo un año después del 5-0 humillante sufrido en el Camp Nou, con Benito Floro en el banquillo merengue. El Dream Team de Cruyff era un equipo que llegaba con la vitola casi de invencible, aunque la estrepitosa goleada sufrida meses antes en la final de la Champions en Atenas ante el Milán (4-0) le restó mucho crédito. Pero los culés llegaban con el crédito de cuatro Ligas seguidas ganadas en su mochila, aunque los madridistas no olvidamos que tres fueron de aquella manera… Las dos famosas de Tenerife, con los arbitrajes de García de Loza y Gracia Redondo que destrozaron al Madrid, y la del famoso y tristemente recordado penalti de Djukic parado por González, portero del Valencia. El caso es que el famoso Dream Team llegó a un Bernabéu a reventar que había recuperado la ilusión de la mano de Jorge Valdano (“algún día devolveré al Madrid lo que le he quitado”, profetizó tras la primera Liga de Tenerife), de un crío de 18 años, Raúl, de los goles de Bam Bam Zamorano, de la velocidad y desparpajo de Amavisca… ¡y Luis Enrique!, de los paradones de Buyo y del liderazgo de Hierro y Sanchís atrás. El Barça tenía su columna acorazada, con Koeman, Guardiola, Bakero, Amor y Stoichkov al frente.



El partido fue increíble, de intensidad, de calidad y de goles. Los blancos volaban, los azulgrana sufrían… Recuerdo las discusiones en el campo entre Koeman y Guardiola, que no podían con la avalancha que se cernía sobre ellos. El primer tiempo se cerró con un hat-trick de Zamorano imperial al padre de Sergio Busquets. El tercero fue tras un robo de balón de Laudrup a Bakero. Los pajaritos disparando contra las escopetas. Éxtasis en el estadio. Y más tras la tarjeta roja merecida a Stoichkov por pisotear a Quique Flores. Para un madridista fue el partido perfecto, soñado, ideal. Ganar al Barça con esa rotundidad y esa consistencia cerraba todas las heridas de los años precedentes. Por eso me han dolido especialmente estas dos victorias del Barça consecutivas en el Bernabéu. Para un madridista de cuna es muy difícil asumir esta cruda realidad. Estómago perforado. No hay medicamento que arregle esto. Quizás sí, conseguir la 14 en el Wanda. Recétemela, doctor.


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