2021-11-23 10:11 Real Madrid Por: Carlos Muñiz

Ancelotti consume más de siete chicles por partido y pone en riesgo su salud

El técnico italiano confirma que recurre a los chicles en el banquillo para controlar sus nervios y combatir la ansiedad.



Es una imagen ya habitual en los partidos del Real Madrid. Llama la atención la adicción de Carlo Ancelotti por los chicles. Así controla los nervios en el banquillo, pero corre el riesgo de sufrir los efectos nocivos del producto por el consumo excesivo, que le puede provocar severos problemas de salud.

En todos los partidos hemos podido observar como Carlo Ancelotti mástica chicles de forma constante. En concreto, estos chicles cuestan tan solo un euro y son comercializados por las cadenas de supermercados más famosas de España, en concreto, lo que él consume son los 'Pure Fresh' de la marca de Mentos, según informa 'el Español'.



Hay diversos sabores, pero el italiano prefiere escoger el sabor a menta, ya que estos dejan la 'boca refrescante' y combaten el mal aliento. No es algo novedoso ver a Ancelotti masticar un chicle detrás de otro a lo largo de los partidos, ya que es la forma de llevar la presión lo mejor posible.

Siete chicles por partido

El Español confirma que Ancelotti puede tomarse más de siete a lo largo de sus encuentros. Algo que puede resultar perjudicial para su organismo, tal y como parece reflejado en el propio bote de chicles. Por lo tanto, el técnico blanco debería vigilar dicho consumo porque puede provocarle consecuencias y ninguna de ellas buena.

De hecho, Ancelotti fue preguntado por cuántos chicles consumía a lo largo del partido, algo que le dejó soprendido. El entrenador madridista confirmó que "no los cuento" y añadió que es "el único momento de su vida donde los consume habitualmente".



Los 'Mentos Pure Fresh Chicles Winter Green' mantienen su potente sabor tras su consumo. Normalmente, su uso suele ir ligado al mal aliento, pero no sabemos si Ancelotti tiene problemas en este aspecto. De momento, esto se ha convertido en una anécdota clásica del míster, que deja a todos impresionados en cada partido.

 


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